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Una protesta de “Muchas Señoras”

 

Después de que el Congreso le hace honores al Manual de Carreño, los venezolanos se muestran dispuestos a defender la urbanidad. Mediante decreto de 1857, el soberano cuerpo considera la obra como lectura imprescindible y recomienda que se consulte en los institutos de educación elemental. Más todavía: los diputados ordenan la erección de un curso dedicado a la enseñanza de cortesías y arregladas costumbres, que debe impartirse en forma regular durante un año lectivo en todos los colegios del estado. ¿Se hace entonces la sociedad más pulida y comedida?

No dejan de abundar los desentendi

dos que todavía se apegan a la ordinariez y a la zafiedad condenadas por el nuevo maestro de la civilidad, pero también los ciudadanos que los acusan por faltar a las normas proclamadas por el librito. De una investigación de Emad Abosassi, Ideas y letras durante la Guerra Federal (Mérida, Universidad de los Andes, 2011), tomamos algunas escaramuzas contra los violadores del nuevo código de conducta, entre las cuales destaca una protagonizada por “Muchas Señoras”.

De las primeras escaramuzas es víctima un periódico satírico que goza de abundante lectoría, El pica- y- juye, porque se atreve a referir anécdotas jocosas que involucran a las mujeres. El paladín más famoso que entonces levanta la lanza para proteger a las féminas es Juan Vicente González, quien escribe en El Foro de 2 de julio de 1858:

Un sentimiento de disgusto acervo ha respondido a ciertas alusiones de ese papel. Nada más difícil que la ironía festiva o la sátira política, por la necesidad de no traspasar verdaderos límites. La mujer se ofende hasta con el aire y la luz, y es preciso apartar de nuestros combates estas flores de divino perfume. La mujer está bajo la salvaguarda del honor de los caballeros.

Curiosa defensa que debe ser habitual en la época, especialmente después de las enseñanzas de Carreño, debido a que coloca al varón como custodio de la hembra frágil y quebradiza. Pero, como la reputación de los hombres depende de la defensa de la esposa, de la hija y de la amiga, en realidad se defiende a sí mismo por interpuesta persona. En realidad ve por su fama como cosa primordial.

En el ataque que después hace “Un defensor del bello sexo” contra unas burlas publicadas en el semanario merideño La Abeja en 1859, se insiste en el tema de la debilidad de las defendidas mientras se cita con reverencia a Carreño:

Me indigno y admiro de que haya quien, además de cometer la cobardía de atacar a un ser débil, (…) el redactor, cuya independencia, imparcialidad y nobles sentimientos son tan conocidos, y que tantas veces nos ha recordado al Sr. Carreño, ensucie las columnas de su diario a riesgo de desacreditarlo con producciones que son la genuina expresión de sentimientos innobles y rastreros.

La misma cantinela que seguramente pasará paulatinamente, debido a que, justo en el mismo año, un grupo de mujeres se defiende solo. El caso destaca por el hecho de que no se trata de señoras de sociedad, sino de personas humildes que viven de su trabajo cuando comienza la Guerra Federal. Publican un escrito digno de atención:

Al Sr. Gobernador de la Provincia

Las señoras pobres de Caracas, suplican a Us., se sirva acordar la destitución del encargado de repartir las costuras de los vestuarios de la tropa, Sr. Juan Carmen Martel: súplica que hacemos, Sr. Gobernador, en nombre de la sangre derramada en los campos de batalla, de nuestros hijos, esposos y hermanos; pues parece, señor, que nos ha tocado una gran parte en los sacrificios de la patria, además de los que hemos experimentado, poniéndonos en la precisión, por la escasez de recursos, de ocurrir en casa de dicho señor Martel a recibir desprecios y aun vejámenes.

Nosotras no exigimos al Sr. Martel que dé las costuras sin la garantía a su satisfacción; pero sí le aconsejamos que sea más caballero; manifestando, aunque así no lo sienta, mejor educación, y le suplicamos encarecidamente destine un momento y lo dedique a la lectura del Manual de Urbanidad y buenas maneras, por el Sr. Manuel Antonio Carreño.

Esté entendido el Sr. Martel que las señoras que firmamos, aunque pobres, y aun más hoy, por haber cedido a la patria nuestros apoyo, no están dispuestas a recibir desprecios, ni mucho menos esos gritos chillones que anuncian el despotismo de su carácter; más cuando nosotras no ocurrimos a su casa, sino en busca de un trabajo que nos dé, escasamente, la comida de un día, honradamente, y no a implorar ninguna especie de favor para que abuse así de esa manera.- Caracas, octubre 28 de 1859.

MUCHAS SEÑORAS

¿Por qué importa este fragmento casi desconocido? Insiste en la autoridad de Carreño, como se ha visto, pero no acude a varoniles abogados ni a pensamientos vinculados con el honor. Ni siquiera pondera un tema de caravanas y filigranas como las aconsejadas por la urbanidad en boga, sino más bien un respeto orientado por el civismo.

Las mujeres que protestan ante la autoridad en octubre de 1859 manejan un problema laboral para el cual son fundamentales los pasos de un trámite civilizado, sin meterse en los requerimientos de la cortesanía burguesa que se trata de implantar entonces. Esas “Muchas Señoras” no se presentan como damas ofendidas, sino como trabajadoras sometidas a un escarnio; pero igualmente como ciudadanas que no solo participan en una guerra debido al trabajo de sus manos sino también porque sus maridos y sus hijos arriesgan la vida en el campo de batalla. Ahora se ventila un asunto público por unas ciudadanas humildes que ven por la justicia y por la dignidad, más que por la cortesía, aunque su falta o su descarada burla hayan originado el reclamo. Aparte de tales peculiaridades, nuestra querella de costureras aparentemente minúscula tiene trascendencia porque no busca a los hombres como soporte cuando apenas se inicia la segunda mitad del siglo XIX.

Por Elías Pino Iturrieta

 

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