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Manuel Taibo: El soberano que decide el Estado

 

“Los conflictos armados entre las naciones nos horrorizan. Pero la guerra económica no es más benigna. Es como una intervención quirúrgica. Una guerra económica es una especie de tortura prolongada. Y sus estragos no son menos terroríficas que los descritos en la literatura sobre las guerras propiamente dichas. No pensamos en esa guerra porque estamos acostumbrados a sus efectos letales. El movimiento antibelicista es sólido y rezo por que tenga éxito. Pero no puedo evitar sentir un temor lacerante: el de que ese movimiento fracasará si no llega a la raíz de todos los males, es decir, la codicia humana”. M. K. Gandhi.

Por sí solas, las deudas y habrían supuesto un enorme peso para nuestra América, pero la carga se iba a hacer aún mucho más onerosa. En las noticias de entonces: el llamado shock Volcker. Los economistas emplearon ese término para describir el impacto de la decisión tomada por el presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, de incrementar sustancialmente los tipos de interés, donde llegaron a alcanzar una cota máxima del 21% y se mantuvieron en niveles parecidos. El aumento espectacular de los tipos de interés provocó una oleada de quiebras.

Así es como se incorpora la crisis al modelo el llamado shock Volcker. Cuando el dólar puede viajar de un lado a otro a gran velocidad y sin límite de cantidad, y cuando los especuladores pueden apostar por el precio de cualquier cosa, desde el petróleo hasta divisas, el resultado es una ingente volatilidad. Y como las políticas favorecedoras del libre comercio incitan a los países pobres a seguir dependiendo de la exportación de recursos y materias primas, como el café, el cobre, el petróleo o el trigo, estas naciones son especialmente susceptibles de quedar atrapadas en un círculo vicioso de crisis continuas. Un descenso repentino del precio de petróleo hace que economías enteras sufran una depresión que se ve luego agravada por los pulperos de divisas que, a la vista del empeoramiento de la situación financiera de un país, reaccionan apostando contra su moneda, lo que hace que se desplome su valor. Si añadimos la subida de los tipos de interés y la consiguiente escalada inmediata de las deudas nacionales, nos hallamos ante un escenario de caos económico potencial.

Comprensiblemente reacias a entablar una guerra con las instituciones de las Grandes Corporaciones propietarias de sus deudas, acuciadas por la crisis, no tenían apenas otra opción que seguir las normas fijadas desde la capital estadounidense. Y, precisamente entonces, las reglas de Washington se volvieron mucho más estrictas debido a que la deuda coincidió (y no por casualidad) con una nueva era en las relaciones Norte-Sur. Aquél fue el amanecer de la era del “ajuste estructural”, también conocida como la dictadura de la deuda.

El principio era muy simple; los países de en crisis necesitan desesperadamente ayuda para estabilizar sus monedas. Cuando las políticas de privatización y de libre comercio se incluyen en el mismo paquete que las medidas de rescate financiero, los países de nuestra América no tienen más remedio que aceptar el lote completo. Lo realmente astuto era que los propios economistas sabían que el libre comercio no tenía nada que ver con el fin de la crisis, pero “difuminaban” expertamente esa información. Ese empaquetado no sólo sirvió para que los países pobres aceptaran las políticas que EE. UU. había seleccionados para ellos.

La política extraordinaria, constituye, por definición un período de discontinuidad evidente en la historia de un país. Podría tratarse de un periodo de crisis económica muy profundo, de desmoronamiento del sistema institucional previo o de liberación de una dominación extranjera (de una guerra) en Venezuela, los tres fenómenos convergieron. En lugar de liberar al mercado del Estado, estas élites políticas y empresariales sencillamente se han fusionado, intercambiando favores para garantizar su derecho a apropiarse de los preciados recursos que anteriormente eran públicos.

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