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Rafael del Naranco: Entre lirios y espinas

 

Si cruzamos los picachos de las cúspides andinas y bajamos la mirada hacia un extenso valle,  vemos Bogotá. Antaño fue una urbe sórdida; hoy, a recuento del tesón de sus regidores,  un ejemplo de ciudad  a imitar.

La metrópoli, ubicada en la planicie más alta de los Andes colombianos  parece a un vergel. Hasta el aire se  hace zalamero, retozón, y penetra sobre el ánimo de la mirada  envuelta con  sabor a  tierra buena y húmeda.

Pasear sus   amplias   avenidas, espaciosas calles, frondosos parques y desandamos los barrios coloniales, es percatarse de cómo la  metrópoli  se viene moldeando para ser amable, acogedora y cordial.

Con  “el usted” siempre por delante, los colombianos han hecho de la cortesía una costumbre,  de la amabilidad una forma de ser, y es que en Bogotá existe la posibilidad de sentarse a charlar con cualquiera, en cualquier parte, de cualquier cosa y decir como el poeta: “Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle / y que nos sentemos en un café a hablar largamente / de las cosas pequeñas de la vida.”

Recuerdo ahora, haciendo un requiebro a esa localidad tan sufrida a cuenta de la  guerrilla que durante años la estranguló, una mañana  diáfana, transparente, viendo pasar las horas en la Plaza  Bolívar, conocida antaño como la Mayor. Allí mismo se había fundado y escenificado todo suceso que hoy es historia viva.

Algo esperaba el escribidor en  aquel rectángulo: ¿Un remoto apego? ¿Algún sueño no encontrado? ¿Una esperanza anhelada?  En esa espera leía a uno de los grandes poetas colombianos, Darío Jaramillo Agudelo, mientras la luz se filtraba y era cálida igual a  los sentimientos reciente acariciados.

“Ese otro que también me habita /, acaso propietario, invasor quizás exilado en  este cuerpo / ajeno o de ambos… el melancólico y el inmotivadamente alegre, / ese otro, / también te ama”.

Al trasluz de esos contornos, recordamos que a Caracas – la urbe de nuestro prolongado exilio español – se le ha cantado de forma exigua: algo Andrés  Eloy Blanco, Miguel Otero Silva o Aquiles Nazoa. Pablo Neruda, poco más,  deshizo algunos versos sobre ella. Debemos regresar al año 1800 para escuchar decir a explorador alemán Alejandro Humboldt: “Los caraqueños son hospitalarios y cordiales”.  Y un poco más atrás, José de Oviedo y Baños le escribía a su señor el Rey de Castilla: “La pequeña localidad se levanta en un  valle fértil y alegre”.

En la actualidad la metrópoli caraqueña desgarrada y abatida solamente el Ávila, su cerro Guaraira-Rapano, invita  a la inventiva de las palabras. El valle, antaño huerto florido, placentero y risueño, es hoy, por decir lo menos, un albañal.

No posee historia de piedra y la poca que había la derrumbó la piqueta irresponsable. Las plazas y los parques son coto de inmundicia acumulada. Caracas  sabe a desidia, a emporio sin contornos ni formas. Es un fantasma en sí misma que duele a  quien la  estima y la sueña ahora mismo en la lejanía sobre un farallón  del   mar Mediterráneo que le falta el fulgor y la solera del  centelleante Caribe.

Lo rasgueamos con descorazonada pesadumbre: Caracas en los últimos años se volvió una parihuela de yedras y espinos, mientras su hermana  Bogotá se ha transformado en un manojo de lirios.

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