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Manuel Taibo: En Tiempos Difíciles contra el Terror

 

“En el Cono Sur de nuestra América: La administración de la prisión de Libertad trabajaba codo con codo con psicólogos conductistas para diseñar técnicas de tortura a medida del perfil psicológico de cada individuo, un método que se aplica en la base de Guantánamo. Una vara a través de la que se descargaba corriente eléctrica sobre la víctima. Su origen está en el instrumento usado en los mataderos para el sacrificio de reses”.

La operación de nuestra América parece haberse basado en la “Noche y niebla” de Hitler. En 1941, Hitler decretó que los miembros de la resistencia que se capturaran en los países ocupados por los nazis fueran trasladados a Alemania para que “se desvanecieran en la noche y la niebla”. Muchos nazis de alto nivel se refugiaron en Chile y Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, y algunos han especulado con la posibilidad de que entrenaran a los servicios de inteligencia del Cono Sur en esas tácticas.

Ser de izquierdas en esos años significaba ser perseguido. Los que no escaparon al exilio se vieron en una lucha minuto a minuto para mantenerse un paso por delante de la policía secreta, llevando una existencia de pisos francos, códigos telefónicos e identidades falsas. Una de las personas que vivió de ese modo en Argentina fue el legendario periodista de investigación Rodolfo Walsh. Hombre renacentista y muy sociable, escritor de novela policíaca y de relatos premiados, Walsh fue también un superdetective capaz de descifrar códigos militares y espiar a los espías. Obtuvo su mayor triunfo trabajando como periodista en Cuba, al interceptar y descifrar un telegrama de la CIA que demolía la coartada de la invasión de Bahía de Cochinos. Esa información fue la que permitió a Fidel Castro prepararse para la invasión y defenderse de ella con éxito.

El carácter público del terror no cesaba con la captura inicial. Una vez bajo custodia, en Argentina los prisioneros eran conducidos a uno de los más de trescientos campos de tortura que había en el país. Muchos de ellos estaban situados en zonas residenciales densamente pobladas; uno de los más conocidos ocupaba el local de un antiguo club atlético en una concurrida calle de Buenos Aires, otro estaba en una escuela en el centro de Bahía Blanca y aún otro en una ala de un hospital que seguía funcionando como centro sanitario. En estos centros de tortura se veían entrar y salir a toda velocidad vehículos militares a horas extrañas, se podían oír gritos a través de las mal insonorizadas paredes y se veía entrar y salir extraños paquetes con forma de persona. Los vecinos eran conscientes de todo ello y guardaban silencio.

El régimen uruguayo era igual de descarado; uno de sus principales centros de tortura estaba en unos barracones de la Marina que daban al paseo marítimo de Montevideo, una zona junto al océano por la que antes solían pasear e ir de picnic las familias. Durante la dictadura, aquel bello lugar estaba vacío y los vecinos de la ciudad evitaban cuidadosamente oír los gritos.

Puesto que muchos de los perseguidos por las distintas juntas militares a menudo se refugiaban en uno de los países vecinos, los gobiernos de la región colaboraron entre ellos en la conocida Operación Cóndor. Con Cóndor, las agencias de inteligencia del Cono Sur compartieron información sobre “subversivos” —ayudadas por un sistema informático de tecnología punta suministrado por Washington— y dieron mutuamente a sus respectivos agentes salvoconducto para llevar a cabo secuestros y torturas cruzando la frontera, un sistema inquietantemente parecido a la actual red de “extradiciones de la CIA.

Las juntas militares también intercambiaban información sobre los medios más efectivos para extraer información a los prisioneros que cada una de ellas había descubierto. Varios chilenos torturados en el Estadio de Chile en los días posteriores al golpe destacaron el inesperado detalle de que había soldados brasileños en la sala aconsejando sobre cómo usar científicamente el dolor. “El dolor preciso en el punto preciso en la cantidad precisa”. Los resultados de sus enseñanzas se pueden ver con claridad en todos los informes sobre derechos humanos en el Cono Sur realizados en este siniestro período. Una y otra vez dan testimonios de los métodos caracteríscos codificados en el manual Kubark; arrestos a primera hora de la mañana, encapuchamientos, total aislamiento, drogas, desnudo forzado, electroshocks…; y en todas partes el terrible legado de los experimentos de CIA con las depresiones económicas inducidas deliberamente.

Durante muchos años el Departamento de Estado también presentó las “guerras sucias” del Cono Sur como igualadas batallas entre los militares y peligrosas guerrillas, una lucha que a veces se les iba de las manos a las juntas militares pero que aun así valía la pena apoyar militar y económicamente. Cada vez hay más pruebas de que en Argentina, al igual que en Chile, Washington sabía que estaba apoyando un tipo de operación militar muy distinta.

En marzo de 2006 el Archivo de Seguridad Nacional de Washington publicó las actas recién desclasificadas de una reunión del Departamento de Estado que tuvo lugar sólo dos días después de que La Junta Militar argentina perpetrase su golpe de Estado en 1976. En la reunión, William Rogers, subsecretario de Estado para América Latina, le dice a Kissinger que “es de esperar que haya bastante represión, probablemente mucha sangre, en Argentina muy pronto. Creo que van a tener que dar muy duro no sólo a los terroristas sino también a los disidentes de los sindicatos y sus partidos”.

Y así fue. La inmensa mayoría de las víctimas del aparato del terror del Cono Sur no eran miembros de grupos armados sino activistas no violentos que trabajaban en fábricas, granjas, arrabales y universidades. Eran economistas, artistas, psicólogos y gente leal a partidos de izquierda. Les mataron no por sus armas (que no tenían) sino por sus creencias. En el Cono Sur, donde nació el capitalismo contemporáneo, la “guerra contra el terror” fue una guerra contra todos los obstáculos que se oponían al nuevo orden.

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