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Rafael Simón Jiménez: Tres prioridades para la reconstrucción del país

 

Bajo la hegemonía del Chavismo-Madurismo, Venezuela ha sufrido el proceso de destrucción más grande y grave de toda su historia. Ni siquiera el periodo de la guerra a muerte durante nuestra gesta independentista o la cruel y sangrientas guerra federal cumplidos en distintos momentos del siglo XIX pueden equipararse a la demolición que la Republica ha sufrido en sus bases económicas, sociales, éticas, culturales o institucionales durante los últimos dieciocho años.

El carácter especialmente depredador de quienes han tenido las riendas del poder en las casi ya dos décadas de predominio, se quedarían pálidas frente a las tropelías y la crueldad de jefes realistas como Monteverde, Boves, Zuazola, Rosete, Yáñez o Antoñanzas, o la capacidad de saqueo de un sátrapa como Martin Espinoza durante la lucha fratricida que significo la contienda federal. Poco de Venezuela ha quedado en pie luego de haber dilapidado los más grandes ingresos petroleros de toda la historia y de haber ejercido un poder totalitario, sin controles ni contrapesos de ninguna naturaleza, liquidando las bases sobre las que se edifica el estado democrático.

Reconstruir a Venezuela, recuperarla y sacarla de la postración y el inmenso atolladero por la que la han desbarrancado la comandita que ejerce el poder, va a requerir no solo un esfuerzo descomunal y titánico sino el concurso de todas las fuerzas, sectores e individualidades comprometidas con la idea de legar a las venideras generaciones un país productivo y pujante, con libertad, bienestar, equidad, inclusión y justicia.

Esa tarea por supuesto requiere como prerrequisito la salida del poder de los responsables de tanto saqueo, rapiña y destrucción, y la designación de un equipo de gente competente, proba y que actué anteponiendo los intereses del conjunto de la nación por encima de cualquier interés parcial, personal o banderizo. Pero además requiere jerarquizar y establecer un orden de prioridades que identifique sectores claves para  el inicio de la recuperación, y en tal sentido tres aspectos resaltan dentro de todo lo destruido por el régimen: en primer lugar la industria petrolera Nacional, en segundo término la liquidación de la hiperinflación  que hoy atormenta la vida de los ciudadanos, y una tercera que se deriva de las dos anteriores: la recuperación del nivel adquisitivo de los venezolanos única manera de asegurar una vida digna a la población.

Destruir a PDVSA era una tarea que parecía vedada al ser humano. La industria Venezolana de los hidrocarburos llego a adquirir unos niveles de eficiencia y productividad que la ubicaba dentro de las mejores del mundo. Su lastimoso y postrante estado actual solo puede ser obra de un equipo de atracadores e incapaces que fueron minando su capacidad financiera, operativa y tecnológica, hasta llevarla a la situación de hoy donde mes a mes se reduce su capacidad de producción y exportación, revelando la realidad  de una empresa endeudada, que tiene incluso que importar cada dia mayores volúmenes de  productos terminados o componentes para atender los compromisos externos y domésticos.

Reconstruir a PDVSA, devolverle la capacidad productiva que tuvo incluso hasta hace cinco años, es fundamental, por cuanto la industria petrolera Nacional  es el motor básico  de la recuperación económica, lo que exige dotarla de una gerencia profesional e idónea, y además requiere grandes volúmenes de inversión en taladros para la reactivación de los llamados pozos maduros, el mejoramiento de la capacidad de refinación, y la conquista de nuevos mercados incluyendo pilares como CITGO que sirven para una presencia directa en el consumo norteamericano. El plan de recuperación y relanzamiento de PDVSA debe tener como fundamento un esquema de financiamiento donde préstamos directos, búsqueda de asociaciones, y negocios nacionales e internacionales permitan su progresiva optimización, con lo cual volvería a proporcionarle al estado venezolano el musculo necesario para la inversión en otros sectores productivos.

La hiperinflación, ese terrible mal que demuele el bolsillo de los venezolanos hundiéndolos en la pobreza y la desesperación, es una patología resultante del despilfarro, el saqueo  y la malversación de las finanzas públicas venezolanas. La escalada incontrolada de los precios que fue casi denominador común durante la década de los setenta y ochenta en América Latina, hoy es una enfermedad inexistente luego de haberse patentado la vacuna en su contra que consiste en disciplina fiscal, equilibrio macroeconómico, racionalización y optimización del gasto público,  todo lo contrario de lo que ha hecho el Chavismo en sus desmanes y desafueros de casi dos décadas.

Eliminar de raíz la hiperinflación, debe de inmediato cumplir dos consecuencias en primer término el inicio de la recuperación del salario real de los trabajadores, traduciéndose en mejoría en su calidad de vida y dignidad, y la multiplicación de las inversiones nacionales y extranjeras en distintas actividades económicas al amparo de la estabilidad ,la seguridad y la confianza que genera ese nuevo entorno, multiplicándose las oportunidades y puestos de trabajo y echando a andar el crecimiento económico del País.

Venezuela ha sido demolida material y moralmente, y por tanto las tareas que exige su reconstrucción son múltiples, pero para poder implementar soluciones en lo ético, institucional, cultural y político, es prioritario atender el hambre y la tragedia humanitaria que hoy acogota a su población y para es indispensable recuperar PDVSA, liquidar la hiperinflación y devolver a la gente el derecho a una vida provechosa y digna.

El País,  a pesar de toda la ruina y destrucción generada en estos dieciocho años de desmanes, anacronismo y saqueo ejercidos desde el poder, tiene remedios y tiene un gran futuro. La tarea inmediata tiene que ser la de encementar el camino de una transición democrática que permita que esta pandilla de bandidos y salteadores salga de Miraflores.

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