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Enrique Meléndez: Jorge Rodríguez – Fernando Albán

 

Estamos ante un terrorismo de Estado. Hemos llegado a la disolución absoluta de nuestra institucionalidad. Obsérvese la reacción de dos crímenes, que ocurren en nuestras cárceles venezolanas. Allá en la distancia: la de Jorge Rodríguez; hoy la de Fernando Albán. En aquellas circunstancias se trataba de un hombre, a quien se le tortura; tratando de sacarle, donde está el industrial William Niehous, presidente de la compañía Owens-Illinois, a quien un partido de revolucionarios armados ha secuestrado, y exige para su liberación una recompensa en dinero; que el partido requería para el financiamiento de su maquinaria, y del cual Rodríguez actuaba como su brazo legal, siendo secretario general de un partido, que llevaba por nombre Liga Socialista, y en la cual militaría incluso Nicolás Maduro; aunque propiamente el partido armado operaba a través de la llamada Organización de Revolucionarios; cuyo ideólogo fundamental era Julio Escalona. Rodríguez más que todo era un operador político, y la policía lo seguía muy de cerca; porque, en efecto, actuaba entre la legalidad y la ilegalidad. Su tierra de acción, sobre todo, era la Universidad Central de Venezuela (UCV), y donde se movía como un dirigente estudiantil; ese tipo de dirigente estudiantil de izquierda que se eternizaba en las facultades, porque en esa época la UCV era una universidad tomada por la ideología comunista; de modo que se trataba de ese dirigente de izquierda que era como un hijo adoptado allí.

Había pasado por las aulas de su Escuela de Educación; proviniendo del Táchira; donde había sacado la Normal; cuya escuela estaba en esa región, y donde se ligó con Carlos Andrés Pérez; tomando en cuenta que Jorge Rodríguez era en su medio una ficha de AD; que fue algo que, al parecer, aumentó la furia de Pérez, cuando supo que había muerto en los sótanos de la Disip en Los Chaguaramos; sobre todo, porque a partir de allí quedaba en entredicho el estado de derecho. Aquí se interrumpía el hilo constitucional, y es por eso que Octavio Lepage, el ministro de Relaciones Interiores de ese gobierno, al ofrecer la noticia del fallecimiento de Rodríguez apela a la circunstancia del suicidio. Más adelante se corregirá, y admitirá los hechos; como lo hacen ver los testimonios, que ruedan en estos momentos por las redes sociales; señala con nombre y apellido a los autores del asesinato. Van presos.

En efecto, hubo un exceso del Estado, y he aquí lo grande de lo que fue aquella democracia; que hemos perdido. Hubo un respeto a nuestra institucionalidad, y Lepage tuvo que corregirse. El problema era que aquel crimen no tenía una mayor repercusión, que en los partidos de izquierda; en la UCV, en cuya Aula Magna se le veló con todos los honores, que se prodigaban los revolucionarios; sólo que no hay arrepentimiento sin castigo, y el castigo vino a ser el hecho de que, a continuación, el caso se les encajegraba más a los cuerpos policiales, para dar con el paradero de industrial secuestrado; tanto que duró cinco años bajo esta condición, y vino a aparecer por un accidente; de modo que quien da con Niehous es una policía científica y no política; aunque ya esa es otra historia; el hecho es que se trata del secuestrado más largo de nuestros anales patrios.

Otra es la repercusión que ha tenido Fernando Albán; quien también muere en extrañas condiciones, con motivo de un supuesto suicidio suyo; que a todo el mundo llena de dudas, incluso, el campo internacional; sólo que la camarilla, que nos gobierna, no se va a tomar la molestia de desmontarse: reconocer sus excesos; puesto que, a partir de allí descubre que se atornilla más en el poder; incluso, se trata de una estrategia política cubana; sobre todo, aquella que dice que es bueno que tengas una imagen de bondad (bolsas CLAP, Carnet de la Patria); pero que también es bueno de vez en cuando mostrar las garras, y donde también se disuelve el estado de derecho, y la diferencia entre esta clase política, con respecto a la otra, es que ésta piensa a largo plazo; de allí el carácter de dictadura del régimen; mientras que aquella pensaba en el corto plazo, y sabía que podía caer en manos de la justicia, a propósito de ciertas circunstancias; como alcanzó a la larga al propio Carlos Andrés Pérez, y quien admitió todas las condenas, que se le hicieron; a pesar de que su caso se trataba de una defenestración política; sobre todo, porque a partir de allí se politiza la justicia en este país, que sería el comienzo de nuestro deterioro institucional; de modo que esta gente lo que perseguía por allí era que no se enbochinchara más esa institucionalidad, y de allí el tipo de respuestas, que viene dando el régimen; todas llenas de contradicciones, con respecto a este caso, y que la gente pondera, sobre todo, por el grado de cinismo que hay en cada una de ellas.

He allí el por qué se ha asomado en nuestra opinión pública el debate sobre la banalidad del mal, y en el cual no se ha dejado de mencionar a Hanna Arendt; quien enfoca este tema con mucha agudeza en sus libros; partiendo en especial de la experiencia de los nazis en Alemania. A esta gente la mueve la tentación del super yo; pero un super yo tropical; que asume la ética de la irresponsabilidad con todo el salvajismo del caso; como el de Diosdado Cabello; quien alega que en este país la gente es libre para suicidarse, y de allí la condición de terrorismo de Estado que tenemos ante nosotros; peor que un huracán, como esos que pasan en estos días por el Caribe; porque, al menos, aquellos son temporales; aquí tenemos una eternidad; por lo que la ruina del país ha sido lenta y prolongada; de modo que hoy todo está colapsado: a esta hora hay gente que no ha comido; porque la vida está muy cara, y no hay bolsillo que lo aguante; no hay medicinas; porque el gobierno está moroso con los proveedores; a esta hora hay gente varada en los terminales de pasajeros; porque no hay unidades de transporte…

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