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Héctor Silva Michelena: Cayó la última hoja

 

Solo hay una cosa necesaria: el amor. Todos los sentidos, todas las fuerzas del alma y del espíritu, todos los expedientes exteriores son escapes abiertos hacia la dignidad, la elección libre entre el bien y el mal. Esto es válido para creyentes y no creyentes. Es posible que no podamos probar científicamente la existencia de Dios, pero ¿podemos decir que el amor a nuestros prójimos, hermanos, hijos, esposa, amigos no existe porque el microscopio no lo encuentra?

Amar, comprender, recibir, dar, sentir, obrar: he ahí nuestra ley, nuestro cielo. Y que venga lo que tenga que venir, hasta la misma muerte. Ponerse de acuerdo con uno mismo, y dejar que las potencias generales contra las cuales nada podemos los humanos, guíen la existencia. No dejaré mi piel en las zarzas de lo imposible. Nadie cosechará mis huesos.

El bien es accesible al hombre, y este puede realizarlo por sus propias fuerzas. El mal no es ningún concepto; es más bien un nombre para lo amenazador, algo que sale al paso de la conciencia libre y que ella puede realizar. Y la conciencia puede elegir el mal, la destrucción por amor de ella misma. El mal ensangrienta la costa de nuestros ojos. Según Safranski, este es el drama de la libertad. Todo comienza en las catástrofes de origen, del principio. El ejemplo de San Agustín muestra que en este asunto no se trata solamente de vinculación moral. Para Agustín de Hipona, el mal propiamente dicho es la traición de la trascendencia, la transformación del hombre en un ser unidimensional.

Hay abismos de la libertad, abismos que exploró Donatien Alphonse François de Sade en varias novelas, especialmente en Justine o los infortunios de la virtud (1791), y más recientemente Apología de la blasfemia (2009), de Jean-Paul Gouteux, critica y combate toda religión, toda fe, todo dios: Dios-Jesús, Jehová, Alá. Aquí solo puede descubrirse aquel mal que solo se quiere a sí mismo y en definitiva solo quiere la nada. Es la estética de lo terrible, una nada seductora y amenazadora. Luego, con Nietzsche entró en la conciencia completa de sí mismo, en la Voluntad de poder (1877, publicado en 1901, un año después de su muerte), proclamándose como sentido de la “gran política” la voluntad de poder y el trabajo como el material humano.

Con Hitler y Stalin, el delirio sombrío se convirtió en caldera sangrienta. Cuando desapareció la fe en Dios el centro de gravedad se desplazó hacia la fe en el hombre. Pero ahora hacemos el sorprendente descubrimiento de que la fe en el hombre era más fácil cuando se emprendía un rodeo a través de Dios, nos dice Safranski, en El mal o el drama de la libertad (1997). Las entrañas del mal: ¿morará allí el libre albedrío? Nos sobrecoge, nos conmueve, nos revuelve, nos asombra, nos asquea hasta la náusea, nos repugna, nos llena de rabia. Nos resulta imposible entenderlo. Pero existe. El mal es un fenómeno que siempre ha llamado la atención de la humanidad. Chesterton lo formuló bien: “¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios”.

En el oscuro crepúsculo de este atardecer siniestro, enterrado en las más sumisas sombras e impregnado de la soledad de mis sentimientos… Cada gota de sangre que recorre mi cuerpo que, lejano a la alegría o a la quizás fuerza vital perteneciente a cada uno de nosotros, vaga por este mundo sin un parecer, vaga sin esperanza y sin ilusión, quizás, el día que mire el cielo oscuro y halle una luz que ilumine mi extenso camino… quizás, entonces, consiga salir de esta inmensa tristeza que me inunda… Entonces me susurró una amiga: “Mira la ventana, querido, observa esa última hoja de hiedra que está sobre la pared. ¿No es extraño que no se moviera ni agitara al soplar el viento? ¡Ah, querido! Es la obra maestra del Ángel: la pintó allí la noche en que cayó la última hoja”.

 

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