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Alicia Freilich: Homenaje Rafael Con Y Sin Cadenas

 

El poeta en la biblioteca de Salamanca. Detrás, su hermano José María.

Cuánto tuyo no se devuelve como música perdida en mí. País al que regreso cada vez que me he empobrecido. Sello, fasto, bóveda de los cofres.

Lleva nombre de ángel bíblico, uno del trío que le anunció a Sara el milagro de su tardía maternidad. Ella no le creyó y casi muere de la risa. Pero esa angélica frase dictó un hecho fundacional. Su apellido implica servidumbre y desde hace casi setenta años la rechaza encadenado al concepto, querencia y ejercicio poético de la libertad. Es maestro en el arte que sin tregua desata toda forma de esclavitud y opresión. Su silencio goteado, pausas que dosifica con la maestría de un jazzista clásico, es una copa llena que nunca se desborda, su parquedad vibra con una fuerza de rompe muros.

Algunos de sus compañeros, sobre la grama universitaria, tuvimos el privilegio de escucharle tembloroso su borrador del conocido Derrota, poema inicial de sus Confesiones del destierro (1960), molde de una rebeldía tenaz frente a todo intento de encadenar la consciencia y el cuerpo, de allí que sea incómodo testigo de la represión ideológica y física, tal cual señala cada premio internacional de poesía otorgado a este venezolano larense, Rafael Cadenas.

Quienes lo conocen desde sus años mozos saben de su obstinada y parca expresión oral que se confunde con mutismo, triste mirada inquisidora, ropa descuidada que, al regresar del destierro en Trinidad por mandato de la dictadura perezjimenista, a fines de la década de los cincuenta, eran limpios, dignos harapos.

Perfecto lector del inglés académico. Por su terca timidez al grado de resistencia incluso para ganar algo del pan diario, literalmente se le obligó a comenzar el oficio docente iniciado con la cátedra de Literatura Hispanoamericana en el bachillerato del Colegio Moral y Luces Herzl-Bialik, donde en plena adultez padeció un dulce amor juvenil, doliente y callado por una alumna de ese plantel que un día se fue sin adiós. Siempre desgarbado porque su frágil figura soporta el enorme peso de un espíritu en continuo crecer. Sin prisa, pausa ni concesiones: “Nunca estaré seguro de mi cuerpo/ nunca pude precisar si tenía una historia”.

Su fijo desarraigo libertario es la cadena única que lo separó a tiempo de toda militancia política banal y exhibicionista. Es noble su silente compañía en momentos duros como aquel profundo duelo de muchos por Raúl Betancourt, el gran compañero y dueño de Suma, librería-albergue donde casi a diario descansaba sus largos paseos de austero transeúnte solitario en la caraqueña avenida de Sabana Grande, repleta de trasnochada bohemia antisistema, bien sostenida y tolerada por la abierta democracia que sí supo vencer por cuarenta años la inmadura subversión. Este señor de las letras nunca engañó con versos panfletarios y los cuestionó a su manera: “¿Qué hace aquí colgada de un rifle la palabra amor?”.

En la Universidad Central de Venezuela fue laboriosa su faena investigadora de treinta años, nucleada en la reflexión ensayística sobre el lenguaje del poder contra el de la escritura literaria. Son habituales su frugalidad, firme vocación conyugal en vida y viudez con su eterna Milena, su ductora conducta de padre con Paula, su meloso abuelismo con Andrea y sincera modestia que sabe elogiar a sus importantes colegas de renombre.

Natural y fundamental. Ahora culminan tantos merecidos honores al recibir en la Universidad de Salamanca el galardón XXVII del Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en castellano, premio mayor para su proyección intercontinental. Vestido en contrario para la solemne ocasión: “Yo que nunca usaré corbata…”.

Desde cerca y lejos, aquí, allá, en exilios adentro y afuera, el próximo nuevo país venezolano lo felicita, respeta y necesita.

 

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