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La Grecia de Nietzsche

 

“La guerra es el padre y el rey de todas las cosas; a unos los muestra como dioses, a otros como hombres. A algunos les hace esclavos, a otros les hace libres”
Heráclito de Éfeso

En su libro, Los griegos y lo irracional, E. R. Dodds nos cuenta que, en una visita al Museo Británico, frente a unas esculturas del Partenón, un estudiante le confesó que los antiguos griegos no le decían nada. Al preguntarle por el origen de esa opinión tan disidente, el joven le respondió que le parecían muy aburridos debido a su racionalismo. La sentencia le dejó pensativo y le hizo poner su atención en los aspectos menos explorados del alma griega. Con anterioridad a Dodds, Nietzsche fue el precursor de ese cambio de perspectiva.

Por Wolfgang Gil Lugo

Nietzsche era filólogo de formación. Su conciencia profesional era una anomalía entre sus colegas. Consideraba que su trabajo no se reducía al mero análisis de los textos antiguos, sino que ansiaba extraer un nuevo significado de la antigüedad para transformar el presente. En su opera prima, El nacimiento de la tragedia (1871), más que colaborar con el estudio de la estructura y la evolución de una lengua, creó una nueva cosmovisión filosófica.

Esa nueva filosofía se basa en lo que creyó haber descubierto en la antigua Grecia: el pensamiento trágico. Debemos aclarar que esa forma de pensamiento no se refiere fielmente al género teatral conocido como tragedia, en el cual un inocente paga por la culpa de sus antepasados. Lo que supone que el cosmos es moral y toda trasgresión debe ser retribuida en el orden del tiempo, aunque no sea por sus infractores originales. El mejor ejemplo es el drama de Edipo.

Nietzsche no cree que el cosmos sea moral. Todo lo contrario. Realmente no cree que haya cosmos, sino caos. Concibe el pensamiento trágico como una aceptación del mundo tal y como es, donde solo triunfa la ambición y la crueldad, es decir, no hay lugar para la esperanza del triunfo de la justicia en este mundo, ni en la vida de ultratumba. La única salida existencial es aceptar de forma gozosa los males y miserias sin posibilidad de redención. Todo esto equivale a la negación del sentido de la vida y la afirmación de absurdo.

El frenesí dionisiaco

Esa visión pesimista de la existencia debe conducir a la neurastenia, es decir, la depresión. La forma de evitar la depresión es por medio de la euforia: la intensidad de las pasiones. Con tal propósito, Nietzsche exalta la figura mítica de Dionisio, el dios de la embriaguez.

“El éxtasis del estado dionisíaco, con su aniquilación de las barreras y límites habituales de la existencia, contiene, en efecto, mientras dura, un elemento letárgico, en el que se sumergen todas las vivencias personales del pasado […] Consciente de la verdad intuida, ahora el hombre ve en todas partes únicamente lo espantoso o absurdo del ser […] Aquí, en este peligro supremo de la voluntad, aproximase a él el arte, como un mago que salva y que cura: únicamente él es capaz de retorcer esos pensamientos de náusea sobre lo espantoso o absurdo de la existencia convirtiéndolos en representaciones con las que se puede vivir”. (El nacimiento de la tragedia).

Nietzsche presenta a un Dionisio que nos invita al delirio de fundirnos con la oscuridad de la unidad viviente de la naturaleza, y así trascender los límites de la individualidad. Es un dios de la exaltación del placer y el espanto, pero, sobre todo, de la música. Apolo es su polo opuesto, divinidad de la luz y de la escultura. Este otro dios es la expresión del principio de individuación, de la belleza y de la limitación. El don apolíneo permite estar libre de las emociones salvajes y disfrutar del sosiego.

La mística nietzscheana comete lo que Ken Wilber (Sexo, ecología y espiritualidad, p. 252) denomina la falacia pre/trans, una confusión cognitiva entre los niveles jerárquicos de desarrollo de la conciencia. Supone tratar algo “pre-racional” como si fuera algo “trans-racional”, es decir, reducir lo espiritual a lo biológico. En otras palabras, la mística de Nietzsche es regresiva, no apunta la conciencia hacia la elevación sino hacia lo descendente, la sensación oceánica de fusión con lo orgánico.

El relativismo tiránico

La más radical exaltación dionisiaca la encuentra Nietzsche en la dominación de los otros seres humanos. Por eso, Nietzsche era admirador de los pensadores políticos, realistas y cínicos que reducen las relaciones humanas a relaciones de poder. Encuentra ese mismo pensamiento en la sofística de un Calicles o de un Trasímaco, admiradores de los tiranos.

“Tucídides y tal vez el Príncipe de Maquiavelo son muy afines a mí por el propósito incondicional de no dejarse engañar en nada y de ver la razón en la realidad, y no en la ‘razón’, y menos aún en la ‘moral’. (…) En él alcanza su máxima expresión la cultura de los sofistas, es decir, de los realistas: ese inapreciable movimiento paralelo a la farsa de la moral y del ideal representada por las escuelas socráticas, que por entonces irrumpía por todas partes”. (El ocaso de los ídolos).  

Los sofistas fueron los primeros que llevaron a cabo el asalto a la razón. Su relativismo descalifica los principios morales, los cuales son un obstáculo para la dominación. Sin principios morales, queda el camino libre a los tiranos. Los sofistas son la primera expresión de lo que Julian Benda calificó como la traición de los intelectuales, pues se olvidan de la misión de denunciar al poder, y más bien se dedican a glorificarlo.

Los guerreros esclavizadores

Para la tiranía, tan admirada por Nietzsche, es imprescindible la diferencia entre amos y esclavos. El antecedente cultural más celebre se encuentra en Homero. Según el gran poeta griego, la guerra permite distinguir entre los diferentes tipos de hombres: “…Oh amigos, quien, entre los argivos, superior; quien mediano, y quien es el peor, pues que no son todos iguales los hombres en la guerra.”(Ilíada XII, 269).

La diferencia entre tipos de calidad humana le permite a Nietzsche establecer la distinción, absoluta y excluyente, entre una moral de señores y una moral de esclavos. La moral de señores proviene de un tipo humano sano y produce un tipo más valioso que la moral de esclavos, la cual es vil y decadente.

“En mi ‘Genealogía de la moral’ he expuesto por vez primera, psicológicamente, el concepto antitético de una moral aristocrática y de una moral de ‘ressentiment’, surgida esta última del no a la primera: y esto es íntegra y totalmente la moral judeo-cristiana. Para poder decir no a todo lo que representa en la tierra al movimiento ascendente de la vida, la buena constitución, el poder, la belleza, la afirmación de sí mismo, para poder hacer eso, el instinto, convertido en genio, del resentimiento tuvo que inventarse aquí otro mundo, desde el cual aquella afirmación de la vida aparecía como el mal, como lo reprobable en sí”. (El anticristo).

La moral de señores es activa, es decir, es afirmación de los propios valores aristocráticos, tales como la fuerza, la belleza, la valentía. El aristócrata nietzscheano afirma este mundo, lo que implica que niega el cielo, una metáfora de los principios éticos. En cambio, la moral de esclavos es reactiva. Surge del resentimiento y de la negación aristocrática. Para Nietzsche, la moral, ya sea cristiana o socrática, es evasión de la vida auténtica, es decir, la aceptación de que la existencia no tiene sentido y que los principios morales son simples ilusiones.

Como puede verse, la conclusión a que llega Nietzsche es la exaltación del esclavista y la justificación de la servidumbre. Esto está en las antípodas de lo que Camus (El hombre rebelde) piensa sobre la naturaleza humana. Ante la negación de su dignidad, el esclavo se rebela. La rebelión es una afirmación del valor. De esta manera, el esclavo descubre que tiene una esencia, que es igual a la de su amo y a la de toda la humanidad.

Danzar sobre la paradoja

No se puede negar que Nietzsche produce la vertiginosa fascinación de una hermosa bestia, como la temible simetría que William Blake atribuye al tigre. Es cautivante su irreverencia y agudeza, comparables a las de Oscar Wilde. Muchos de estos aspectos han sido asimilados por Nikos Kazantzakis en su novela Zorba, el griego. Hay una gran afinidad entre el Zarathustra nietzscheano y el efusivo Zorba, imagen que fue inmortalizada en la versión cinematográfica de la novela (Michael Cacoyannis, 1964), al ritmo del sirtaki de Mikis Theodorakis, y protagonizada por Anthony Quinn.

Estos aspectos tan cautivantes de Nietzsche están al servicio de su obsesiva exaltación de la dominación. La Grecia de Nietzsche esta vista por la estrecha rendija de la filotiranía. La lectura literal Nietzsche nos lo muestra como un fascista, aunque no un nazi, tal vez el más simpático de los fascistas.

La clave de la simpatía hacia Nietzsche proviene del profundo cortocircuito que existe en su alma atormentada. A pesar de su confeso inmoralismo y como suele ocurrir, Nietzsche también, en el fondo, termina siendo un moralista. Paul Roubiczek nos explica, en El existencialismo, que hay dos aspectos de Nietzsche. Escondido, tras el insolente trasgresor, hay una modesta personalidad obediente a la ley moral. Al final, entran en contradicción estos dos polos. Es posible que eso lo haya conducido a la locura.

Esta segunda lectura la podríamos llamar paradójica. Eso nos permite explicar la ambigüedad que existe en el pensamiento de Nietzsche entre el autoritarismo y el anti-autoritarismo, tan apreciado por los anarquistas. A partir de esa proposición hermenéutica, podremos disfrutar de lo mejor de la intempestividad nietzscheana y bajarle volumen a su culto tiránico. De esa forma, estaremos en condiciones de aceptar la invitación a bailar, en la Grecia de Nietzsche, la vigorosa danza de Zorba.

 

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