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Ramón Hernández: Oro reluce y no hay plátanos

 

Estoy más preocupado que el Banco de Inglaterra y nunca he tenido en mis manos mucho más que un gramo de oro (que en las minas que se disputan los pranes y los guerrilleros del ELN en Bolívar y Amazonas han dado por llamar “grama”, quién sabe si con intenciones machistas o por simple ignaridad). Todavía no tengo claro cuál fue el destino, uso ni la situación actual de la repatriación que hizo el teniente coronel Hugo Chávez con fanfarrias y despliegues propagandísticos que costaron varios lingotes del metal.

Cálculos someros indican que las 14 toneladas de oro que piensan traer de la Gran Bretaña equivaldrían 552 millones de dólares, una cifra que en bolívares tiene demasiados ceros y que en cualquier moneda despierta tentaciones fuertes en demasía, sobre todo en tiempos de poca institucionalidad e inconmensurables debilidades éticas. Los más audaces ya hablan de raspado de olla, pero exageran. Es la olla completa. Ya no hay más y pasará mucho tiempo, con muchos sacrificios y desvelos, para lograr restituir esos ahorros o para contar con una cantidad similar. No se destinará a enfrentar la hambruna o la crisis de salud que diezma a los venezolanos, los planes son otros: reafirmar la soberanía, la excusa que se utilizó en 2011 para traer 160 toneladas.

Todavía no se habían enfriado los camiones blindados que se detuvieron frente a Miraflores antes de seguir a los sótanos del Banco Central y ya los rumores daban La Habana como destino final de la repatriación. No pocos compararon el traslado con la operación que mudó 510 toneladas de oro, 72,6% de las reservas de España, a Moscú, para contento y satisfacción del Koba Stalin, los alías de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, veterano asaltantes de banco y secretario general del Partido Comunista de la URSS. Una idea de los comunistas españoles que los rusos celebraron y aprobaron.

En el caso de la “revolución bonita”, el traslado se justificó como una simple operación comercial: el pago del armamento de última generación y los asesores militares que enviaría Moscú para derrotar a los nacionalistas comandados por Francisco Franco. Tan pronto llegó el primer cargamento de mosquetes y escopetas de segunda y tercera mano, nunca fusiles ni ametralladoras, con los cartuchos mojados y las municiones con el calibre equivocado, cambiaron la explicación: Moscú iba a resguardar el oro del pueblo español para que no cayera en manos del fascismo. Todavía lo está “protegiendo” y no lo devolverá ni aunque los avispados de Podemos y su contabilista estrella, Alfredo Serrano Mancilla, se instalen en el poder.

Los inocentes venezolanos creyeron a las primeras de cambio que se trataba de una cantidad importante, pero no lo es. Aquí lo único grande es la pobreza de la población y la incuria gubernamental. Antes de las expropiaciones, las renacionalizaciones y la destrucción de Pdvsa, al fisco ingresaban 552 millones de dólares cada 3 días solo por concepto de petróleo; las divisas por aluminio, hierro, petroquímica, plátanos, mangos, arroz, salsa de tomate, cacao y dulces abrillantados eran aparte. Con tantas deudas por pagar y tantas necesidades a flor de piel –comida y medicinas, pero también ropa, zapatos, dentífrico, cepillos de dientes y tantas otras cosas–, cada vez son menos los ingresos y mayores los desaciertos; desguazan los pocos ahorros que quedan para que la burocracia sobreviva y el populismo y la corrupción sigan de fiesta.

Los 552 millones de dólares se volverán sal y agua en pocas horas con la inflación en 500.000% y los costosos gastos de envío, no se trata de una simple transferencia bancaria por Internet, pero hasta Villeguitas saldrá a defenderla y le pondrá un nombre tan desangelado como su gestión histriónica-burocrática. Mientras se percatan de que en el Arco Minero el rentismo extractivista destruye más de lo que obtiene y que los daños son irreversibles, el gobierno seguirá gastando por encima de los ingresos mientras ocurre el milagro que lo salvará, o todo contrario. Vendo morocota de hojalata reciclada.

@ramonhernandezg

 

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