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Pedro R. García: Corrupción e impunidad histórica en el país

 

“La corrupción como ciertos monstruos del antro nace mirando la penumbra; porque en lo moral, como en lo físico, existen enfermedades que dejan ciegos a los hombres, así como existen cegueras que los iluminan”. (Pedro R. García).

Ya en el siglo pasado el poeta, Esteban Echeverria nos enseñaba: “la perfección moral es la virtud. La virtud consiste en la devoción incesante, en la práctica fiel de los deberes que no impone a ley moral o divina. Porque para ser hombre de bien no basta con cierto numero de acciones buenas. Para ser virtuoso no basta abstenerse de obrar el mal es preciso buscar las ocasiones de hacer el bien. No importa tener sentimiento de benevolencia, es necesario manifestarlos ejerciendo la caridad con el prójimo. No importa amar a la patria, sino pudiendo hacer por ella toda clase sacrificios: no hay virtud sin abnegación ni sacrificio, ni habrá lugar a la prueba y al sacrificio permaneciendo en la inacción. Solo es digno de alabanza el que penetrado de su misión esta siempre dispuesto a sacrificarse por la patria, y por la causa sagrada de la libertad, la igualdad la fraternidad de todos los hombres”)

Antecedentes históricos…

Es innegable que la pródiga riqueza petrolera ha favorecido en nuestro país su crecimiento en niveles escandalosos, pero que también forma parte del imaginario venezolano desde la antigüedad, de allí que no estorbe, ni pueda erradicarse con acciones epilépticas. El remedio sería, mirar hacia el pasado remoto, según opinión de no pocos historiadores, entre los que se encuentra (Elías Pino Iturrieta) ¿Acaso no reinaron en un plazo de trescientos años sin que nadie impidiera el predominio de sus extravíos? ¿Desapareció el vínculo entre ilicitud e impunidad, que desde entonces predomina? Al contrario se entrelazan en una ajustada sinonimia. Según el pensamiento de los conquistadores, son una manifestación del Demonio que debe reprimirse por los poderes espirituales y temporales para evitar que su plaga no se propague para la perdición de las almas y disolución de la monarquía. Desde las primeras disposiciones de Isabel la Católica sobre los territorios encontrados por Colón y hasta la promulgación de las Constituciones Sinodales de La Diócesis de Caracas en 1687, se machaca la obligación de eliminar los vicios capaces de impedir el predominio de las virtudes requeridas para ganar el Juicio Final y cuya custodia dependía de La Corona de Castilla. Tras ese cometido se marcha hasta el advenimiento de La República. Las instituciones civiles, la potestad del Obispo legitimada por el Papa y el establecimiento de procedimientos como los juicios de Residencia para fiscalizar la administración de los funcionarios, establecidos en América, pretendían el Imperio de la legalidad en este valle de lagrimas; o en otras palabras, la promoción de conductas atemperadas por cuya falta respondería el soberano de Madrid ante la divinidad que lo había ungido en el Trono. Las instancias más altas y respetadas, tanto del mundo físico e histórico, como en el de La Corte Celestial, contaban con la influencia y con los instrumentos para combatir el extravío de los súbditos. Sus órdenes debían respetarse porque manaban de la fuente de la pureza, pero también podían desembocar en terribles penalidades, la infamia pública, el destierro, el tormento, la mutilación del cuerpo, la prisión temporal o perpetua, las galeras, la expulsión de los empleos, la excomunión mayor y la perdida de la vida en la soga o en la hoguera. Con tantas influencias y combinaciones se pretende impedir la existencia de ovejas descarriadas o evitar su crecimiento como desenlace de una misión suprema. No obstante, el redil venezolano aparece superpoblado de lobos.  Así se desprende de los documentos episcopales que se detienen en la descripción de las regiones visitadas por los prelados y en el detalle de sus problemas. Pese a estar pendientes de pescar pecadores, de apostrofarlos con castigos apocalípticos, durante casi tres siglos, se repiten las noticias sobre su persistencia y aun sobre su crecimiento. No hay purgatorio que valga para procurar enmienda, ni la amenaza del infierno con su eternidad de suplicio. Cada Obispo copia el catálogo de infracciones que ya advirtió. Su antecesor, recita de nuevo el elenco de unos obstinados ejecutantes que apenas cambian de nombre propio a través del tiempo, como si la semilla del Evangelio hubiera caído en agua salada. Ni siquiera la colaboración del brazo secular conduce a resultados aleccionadores, púes también el Gobernador o el Justicia Mayor, cuando los requiere la Iglesia, zozobran en su navegación contra los discípulos de Satanás. Hablamos de trescientos años en los cuales no es insólito la frecuencia de pecados como: robo, homicidio, abigeato, amancebamiento público, bigamia, bestialidad, violencia sexual, perjurio, falsificación de documentos, juegos prohibidos, falso testimonio, blasfemia, hechicería y tratos con el Diablo, la mayoría sin reprensión. Como si el ambiente fuera propicio para una conspiración contra el Decálogo, realizado por hombres y mujeres de todos los estratos sociales. En la nómina de la perversión se mezclan las identidades de la aristocracia blanca, junto a las demás castas y colores. La explicación más simple del fenómeno se encuentra en la disposición de las instancias judiciales, cuya lejanía impide la aplicación de una justicia explicita desde el siglo XVI, las provincias de Venezuela, Nueva Andalucía y Margarita, dependen de La Real Audiencia de Santo Domingo.  A su vez las jurisdicciones de Trinidad, Guayana, La Grita, Mérida y Maracaibo.  Son subalternas de La Real Audiencia de Bogotá.  Es mucho camino que debe recorrer hasta los distantes árbitros, pero igualmente pródiga en alternativas de arreglo y manipulación de ascendientes, de la ruta que conduce a la irresponsabilidad de los acusados. Los excesivos periplos facilitan los tratos amistosos y mercados de impunidad. En 1786 se cree cambiaría el panorama debido a la creación de la Real Audiencia de Caracas, pero solo en apariencia.  El paisaje quebrado de la geografía de la Capitanía General, que era un obstáculo ante la cual fracasaba la voluntad de los jueces y una madriguera hospitalaria para los transgresores. Las comarcas incomunicadas no sólo impiden el movimiento oportuno de la autoridad, sino que también producen una urdidumbre de complicidad entre moradores. Los lugareños protegen a las personas que delinquen, o se cuidan a la recíproca para poner las barbas en remojo. Si a esto se agrega lo accidentado de la geografía, la lentitud de unos procesos agobiados por las procedencias, las probanzas y las ceremonias, se entiende que la futura república se parezca más a Babilonia que a Nínive. Pero es necesario un análisis de mayor profundidad. Los valores de la catolicidad y las leyes del Imperio encuentran un entrabamiento formidable en el orden de las cosas que han dispuesto para la colonia venezolana en la riqueza, separación que han establecido. La existencia de la nobleza provincial a la cual corresponde el rol de estamento primacial (asesoría del monarca y respaldo del culto oficial) y la posibilidad de que un grupo minoritario de súbditos (los sacerdotes y oficiales del ejercito) disfruten de fueros corporativos, abre la compuerta de la ilicitud y la impunidad. La proclamación de ineptitud, de indios, de negros y de los pardos, también alienta la vena pecaminosa y el talante escabroso de la comarca, la familiaridad irresponsable con los delitos. Los hombres son iguales, debido a la carga del pecado, pero son distintos por su relación con el Príncipe y con el Pontífice, diversidad que en el caso de Venezuela, sustenta los pecados viejos y las evasiones antiguas de los cuales hemos venido tratando. Los Aristócratas, poseen un cúmulo de cualidades por el hecho de su nacimiento y por el papel que juegan de rectores de comunidades, según la cartilla del antiguo régimen. En consecuencia se presume que yevan una vida libre de manchas, cuando cometen tropelías, lo que usualmente sucede, las autoridades tratan de disimularlas para que se mantenga su preeminencia y para que funcione sin trabas el libreto de la ortodoxia, los individuos protegidos por el fuero gozan de un tratamiento especial, que aconseja el sigilo en la averiguación y el castigo de sus delitos, con el objeto de mantener el prestigio de sus corporaciones. En el caso de las castas y los colores, sus criaturas ponen en movimiento un curioso mecanismo de protección, que conduce a un destino parecido, los jueces son más rigurosos en los procesos contra los indios, pardos y negros, pero los acusados encuentran en la mentalidad predominante la maña para librarse de penitencias y cárceles. Desde 1687, se les considera oficialmente inhábiles, cuando las constituciones sinodales los colocan bajo la conducción de los “padres de familia”, por su incapacidad para el entendimiento de la civilización, se valen de la supuesta limitación para burlarse de la ley. Justifican sus conductas en el desconocimiento de los códigos, en las taras que les impide ajustarse, entenderlos, respetarlos y en su semejanza con los niños requieren la guía de un tutor. ¿No son inocentes o ingenuos como los párvulos, según la opinión de los frailes, e incompetentes y duros de entendimiento de acuerdo con el parecer de los Conquistadores? No se puede tomar en serio a una gente tan tosca, mucho menos castigarla de manera desconsiderada, sin advertir sus impedimentos congénitos, argumentaban los procuradores de los interesados. Además, los acusados de los estratos inferiores se vuelven duchos en el manejo de conceptos medulares de La Colonia, como los referidos al honor, la virtud, la castidad y el peso de la palabra empeñada, que manejaban como Condes o Arciprestes, a la hora de presentarse con sus abogados ante el tribunal.  Los fiscales difícilmente pueden oponerse a esa jerga que aconsejan los catecismos de La Iglesia y los manuales de Cortesanía, cuyas páginas conducen sin proponérselo de veras, a una lejanía de excusas respetables, contra las cuales se estrella la legalidad.  El lector quizás piense que ahora se alude a un pasado yerto, a una evolución remota que carece de nexos con la actualidad, pero somos culturalmente la continuidad de un proceso español “amestizado”, cuyas cadenas solo se romperán después de una ardua faena, especialmente si la alianza se fragua durante una cohabitación fundacional. Venezuela se forma dentro del amancebamiento que ha sido objeto del texto, suceso que hace pensar en cómo se resiste a morir en la posteridad, es como resucitan oportunamente los difuntos para marcar el rumbo de la vida y es cómo conviene su reconstrucción para el entendimiento de las vivencias posteriores, sin historia tendríamos una Patria sin pasado y un Estado sin soportes en el tiempo Los hombres crean novedades mientras el tiempo corre, pero en ocasiones tales novedades ocurren en la superficie de la sociedad, sin ocuparse de las mutaciones fundamentales.

Una acotación necesaria…

Hay una disciplina poco conocida entre nosotros, la Dexiologia su nombre proviene de la raíz griega “dexis” que significa “mordida”.  La mordida es el modismo mexicano, del cual se ha apropiado el pueblo para nombrar la asfixiante Corrupción. El fundador de la dexiología no podía ser otro que un pensador mexicano: Gabriel Zaid, economista  y poeta, autor de un extraordinario ensayo: (Para una ciencia de la mordida). Una de las primeras preguntas que se hace Zaid en su ensayo son: ¿Dónde esta la antropología de la mordida que estudie seriamente esta manifestación social como se ha estudiado, por ejemplo, el Potlach? ¿Quién ha hecho el psicoanálisis de la vida esquizoide que hay que yevar para enriquecerse en un puesto público predicando lo contrario? ¿Qué marxista ha denunciado la falsa conciencia marxista por la cual se pueden tener becas, viajes y empleos privilegiados (Zaid escribe esto en México de mediados de los años setenta), sin dejar de sentirse explotado y con la necesidad histórica de efectuar discretas “expropiaciones revolucionarias” (les suena familiar), para consolidar las posiciones progresistas en la lucha de clases? ¿Qué sociología ha investigado cómo funciona el respeto filial, de los hijos de un policía de tránsito, de un funcionario de aduanas, de un concejal, de un Alcalde, de un Gobernador, de un Magistrado de un Ministro de un Diputado enriquecido súbitamente? ¿Quién elaborará una teoría del Estado fundada en los intereses de los servidores públicos? ¿Dónde están los especialistas en sistemas que analicen cómo la corrupción genera complejidad en los procedimientos (para evitar la corrupción) y cómo esta complejidad aumenta los costos, distorsiona las operaciones y multiplica las oportunidades de corrupción? ¿Dónde está el análisis económico de la corrupción? Buena parte de arrojo intelectual que invierte Zaid en pensar la corrupción, sin predicar en torno a su manifestación la astronómica mordida, pretende si defender una idea suya, recomendable de ser meditada formalmente: que las naciones como la nuestra implanten un gravamen a la mordida. En criollo podría ser “impuesto a la bajada de mula”, “impuesto al cuánto hay pa´eso” al “impuesto al aplique” o dame lo mío. El elemento esencial del argumento de Zaid no puede ser más loable legitimar hacer transparente, natural y fiscalmente contabilizable un impuesto a lo que el funcionario alcanza a quitarte por entregar un pasaporte, o una solvencia, por ejemplo haría más razonable y decente el servicio público. Ello además, para usar la expresión de Zaid, un efecto de “multiplicador moral”. Se trata de una medida verdaderamente revolucionaria que traería consigo indiscutible justicia social, pues como es notorio, el sector público es el más vasto y el menos igualitario: sus pirámides, bien observa Zaid, son en México, y agregaríamos hoy agregamos Venezuela, las más grandes. Si se elaborarán las respectivas curvas de Lorenz y se calculará el coeficiente de Gini, para la administración pública nativa, contaríamos con un recurso valiosísimo para explicar desigualdades hasta ahora sólo achacadas a la ineptitud del funcionario alto y medio o a la rapacidad de las oligarquías. En el caso venezolano un impuesto a “bajada de mula”, suena vulgar, pero los burócratas venezolanos no son los más negligentes y con seguridad encontrarán una denominación más imponente y sobria para un tal impuesto, que asumido con coraje fiscal por el organismo competente, contribuiría a la convivencia ciudadana. Zaid, aparte de reconocido economista, es un poeta de indiscutido talento y quizás sea a través de los ininteligibles caminos de la intuición poética por donde le yega a la perspicacia de la degradación del hombre. Se nos dice que la “pureza moral” la abnegada rectitud, son atributos de los que presumen todas las revoluciones populistas (o socialitas del siglo XXI), es el antídoto de la corrupción. ¿Cómo se entiende esa pureza en esos regímenes? Esa moralidad es utópica y solo puede dar lugar a más corrupción; sencillamente porque exige desvirtuar al ser humano. “Afinar los mecanismos revolucionarios para luchar contra la corrupción” con variantes retóricas de esta consigna, los voceros de la depuración moral, no cesan como Júpiter de tronar contra las corrupción que pudiese prosperar en sus filas y de amenazarla con perseguirla implacablemente para castigarla como nunca antes se hizo. Pero el milenario diezmo, mordida, “cuanto hay pa` eso, dame lo mío”, ha sido siempre más rápida que las revoluciones. Esto es así y Zaid  advierte sin sorna alguna: en el populismo, casi lo único verdaderamente moderno es el mercadeo de la concesión, es en esta primera parte y como para borrarle la sonrisa a los “neoconservadores” de cabeza cuadrada que tanto abundan en América Latina, Zaid sugiere aplicarle los mismos cálculos a la corrupción del sector privado. De este epidérmico rastreo debe  quedar claro la existencia de una axiología legislativa en la mayoría de las Constituciones y su obligación de cumplirla, así el Profesor Germán José Bidart Campos nos dice: “Toda Constitución cuenta con lo que los españoles yaman el techo ideológico, o bien, el conjunto de principios y valores, de fines y de razones históricas, que alimentan el complejo normativo supremo. Este eje principista  axiológico no es una mera invitación, ni un cúmulo de consejos o recomendaciones, ni una declaración declamatoria carente de obligatoriedad. Vincula a todos: a los poderes públicos, y a los particulares. Orienta, inspira y nutre a todo el articulado constitucional; impone deberes; suministra pautas para aplicarlo y cumplirlo y, sobre todo, da base a la filosofía que comparte la parte dogmática (derechos y garantías) con la parte orgánica (estructura del poder, de sus órganos y funciones). Y con este razonamiento reingresamos al campo de la función pública, como nos recuerda González Pérez” Asistimos a una quiebra general de los valores morales. En la vida política y en la privada. En el político y en el ciudadano, En el dirigente y en el dirigido. No siempre ha sido así. Mientras en algunas épocas la inmoralidad de la clase política contrastaba con la probidad del ciudadano medio, en otras era la conducta de lo ciudadanos la que no estaba a la altura de la ejemplaridad de los gobernantes. Hoy desgraciadamente, ni unos ni otros están en condiciones de elevar su voz pidiendo moralidad, aunque unos y otros alardeen de unas integridades, de las pocas virtudes a que ha quedado reducida la ética necesaria para una convivencia mas elemental “Ética de los náufragos” (como ha sido designada en una obra reciente. Y no es infrecuente que, a veces, en ciertos sectores afortunadamente reducidos o si se quiere, de la masa, hasta se encuentre justificada la conducta corrupta de sus líderes: si antes se lucraban los otros  ¿porque no van a poder enriquecerse “los nuestros” al yegar al poder? De aquí la urgencia e insistencia con que se demanda una nueva regeneración”. El papa Juan Pablo II en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz en 1.998, nos indico que la corrupción “socava el desarrollo social y político de tantos pueblos. Es un fenómeno creciente que va penetrando insidiosamente en muchos sectores de la sociedad, burlándose de la ley e ignorando las normas de justicia y de verdad. La corrupción es difícil de contrarrestar porque adopta múltiples formas; sofocada en un área rebrota a veces en otra. El hecho mismo de denunciarla requiere valor. Para erradicarla se necesita además, junto con la voluntad tenaz de la autoridades, la colaboración generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte conciencia moral”.

“Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”.

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