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Rafael del Naranco: La mujer y otros dramas

 

El cancionero es certero y da en la diana…”Que no hay rosa en el rosal que no muera deshojada”. Y esta estrofa refleja, en cierta manera, una parte esencial del mundo femenino: los malos tratos.

La mayoría de las mujeres, puertas adentro, se convierten en un amasijo de padecimientos. Y no  lo decimos nosotros, sino las frías estadísticas, es decir, la verdad hecha guarismo.

El ente femenino ha pasado  sobre cada uno de los escalones de la marginación. El matriarcado ha sido una rara y complicada excepción  debida más a la falta en ciertos momentos de machos reproductores, que a un sentido igualitario de los derechos de convivencia.

Algunas libertades han conseguido en Occidente pero en ciertas escalas, no en todas. Grupos de las llamadas  damas/cañón, por su ímpetu, se han situado al nivel justo, tanto, que algunas se han masculinizado, aunque siempre será mejor esa actitud que la esclavitud a cuenta de disponer en la entrepierna  un triángulo igual a una rosa sangrante  de Cachemira.

En los llamados “cinturones sociales” de nuestras ciudades, en los barrios de “ranchitos”, “chabolas” o “villas miseria”, la fémina es un objeto erótico y de carga. Pocas pasan de ahí.

Se puede decir que eso parece exagerado; pues no. La mayoría de esas damiselas que vemos en las calles de nuestras ciudades tan liberadas ellas, tienen en su interior un drama abierto en carne viva: toda la desolación que cabe en un cuerpo femenino.

Entre nosotros  el maltrato a la hembra es una de las características de la sociedad machista. Cada día los medios de comunicación informan de penetrantes maltratos sufridos por ella sin que exista una respuesta colectiva al problema.

Y si hoy escribo  estos renglones, es por haber recibido una carta de una joven  llamada  Mariana – supongo  seudónimo – que desde la más tierna infancia su amarga existencia palpó las puertas del infierno en la tierra de una forma aberrante.

“Le escribo – expresa – después de haberlo pensado mucho, por haber leído uno de sus libros. Me lo facilitó una amiga y he quedado impresionada ante la forma  idealizada que presenta a la mujer. No sé si nos conoce bien, pero sus palabras tocan las fibras más sensitivas de nuestra piel.

“He recibido – dice con una letra menuda, apretada, como si deseará esconderse de algo temeroso –  malos tratos por el simple hecho de haber nacido hembra. Mi padre quería un varón, y esa desilusión la ha tenido que sufrir mi persona permanentemente. Un hermano intentó violarme. No lo consiguió. Lo logró poco tiempo después un primo, sin que en la casa nadie moviera un músculo  para impedirlo. Eso, a pesar de ser áspero, como un punzón que te desgarra, se supera, o por lo menos yo lo hice, pero lo que no he conseguido hacer olvido es la sensación de ser como un mueble arrinconado en una celda.

“Ya tengo 20 años y hace dos  abandoné a la familia – si así se  puede llamar a ese purgatorio-; no he podido formar pareja, siento un profundo desapego por los hombres, aún deseando con fervor tener un hogar e hijos”.

La misiva no lleva  dirección. No importa ahora. Muchos corazones de hembra tampoco ya que el sufrimiento suele borrar hasta la identidad.

Ese drama  nos recuerda  que ojos hay de mujer solamente para llorar.

 

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