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Luis Fuenmayor Toro: No vemos todo lo que deberíamos ver

 

En las discusiones políticas a las que asistimos, en los comentarios de esa misma naturaleza que leemos, en las encuestas que revisamos, en todos ellos  siempre está presente la incógnita de la magnitud real del apoyo electoral del actual régimen. Para muchos, parece imposible que haya algún venezolano que todavía apoye a Nicolás Maduro o al partido de gobierno, luego de ser víctimas permanentes de la catástrofe existente, dura y más que evidente en todos los órdenes de la vida social venezolana. Sin embargo, la encuesta que menos le da le asigna cerca de un 20 por ciento de respaldo, lo cual equivale a unos 4 millones de votos teóricamente posibles para el gobierno, suma nada despreciable, sobre todo ante una oposición muy dividida y en la que predomina, comunicacionalmente hablando, lo que se ha denominado la “franquicia opositora”, consentida por los medios y por el gobierno.

Alguien pudiera pensar que entre los empleados públicos afectos al régimen, que aún los hay pese a los inmensos maltratos sufridos; los militares, las personas que hacen negocios con el gobierno y se lucran o viven de los mismos y los beneficiarios de las misiones, pudiera llegarse a ese número, lo que constituiría la votación dura del chavecismo. Sin embargo, pienso que hay otras cosas no tan evidentes, que pudieran explicar no sólo ese 20 por ciento, sino hasta los 6 millones de votos obtenidos por Maduro el 20 de mayo. Claro. No faltará quien al leer estas últimas líneas grite que todos esos sufragios son producto de un Consejo Nacional Electoral al servicio total del Ejecutivo, por lo que no existen realmente sino son parte del fraude electoral que se viene impunemente cometiendo desde 1999.

Cada quien puede pensar lo que quiera, pero eso no significa que sus pensamientos sean ciertos. Vi a Maduro saludar a quienes en México lo repudiaban y abucheaban, y luego le oí decir y leí declaraciones de altos funcionarios diciendo que le habían hecho un recibimiento apoteósico, afirmaciones que nada tienen que ver con la realidad. El fanatismo nos hace ver y sentir cosas que simplemente imaginamos. Y de ello, tirios y troyanos son víctimas, en nuestro caso tanto opositores como oficialistas. Ni Maduro fue recibido por manifestaciones multitudinarias de apoyo, sino todo lo contrario, ni quienes están en el gobierno han vivido de fraudes electorales desde 1999. Recuerdo como en el pasado adecocopeyano, muchos decíamos que Betancourt, Leoni, Caldera I, Carlos Andrés Pérez I, habían sido producto de un fraude continuado del Consejo Supremo Electoral de entonces, negándonos a aceptar derrotas más que evidentes.

Pero volviendo al hilo central, les comento que hace poco tuve que ir a Catia, a buscar una compra de harina de maíz que había efectuado, y caminé por las inmediaciones del bulevar y conduje mi vehículo por las calles adyacentes, atestadas de puestos y de locales pequeños y medianos de ventas de comestibles. Un extenso mercado popular, con mucha gente yendo y viniendo, y me impresionó que no ver escasez prácticamente de ningún producto de uso cotidiano. Compré todos los víveres que necesitaba y lo hice a precios menores que los existentes en mercados y automercados de la urbanización donde vivo: Los Chaguaramos. Una señora joven nos sirvió de guía y nos indicó donde incluso podíamos comprar carne de res, pollo, cochino, a precios elevados pero más bajos que los de la carnicería del Prado de María, sitio popular también, donde usualmente compro.

Es más que claro, que el gobierno da un tratamiento a los sectores populares muy distinto del que da a los de capas medias. Los abastece mucho más y hace que sean menos golpeado por la hiperinflación. No sólo no vi en Catia la escasez de productos alimenticios, no noté la hambruna que dicen existe en el país. No vi gente muriéndose en las calles, las vi caminado, comprando, vestidos humildemente pero no con harapos, limpios o por lo menos sin despedir malos olores; conversando, sobreponiéndose a la difícil situación; quejándose del costo de los productos, discutiendo con sus marchantes, usando bolsas de tela y morrales para sus compras, con sus hijos al lado acompañándolos. Personas de todas las edades, quizás más delgadas que las que conocí en el pasado, pasando mayores dificultades, pero riendo y burlándose de Maduro y del gobierno y haciendo chistes hasta de la crisis existente.

Si a lo descrito le sumamos, que hay una importante cantidad de familias que reciben cotidianamente las cajas CLAP, unos millones de pensionados que hoy devengan salario mínimo, que hay gente que obtiene por estar en la misión hogares de la patria u otras algunas bonificaciones adicionales, podemos llegar a comprender mejor la situación electoral venezolana y a no ser tan simplistas y creer que al gobierno nadie lo apoya y que inventa todos los votos que dice sacar. Sumemos la inexistencia de un liderazgo opositor capaz de estimular las esperanzas de cambio del pueblo venezolano. Hay un dicho que, como siempre, resume parte de lo señalado: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, sobre todo si con ese malo la crítica situación que se vive es mucho menor que la que viven otros. Y más aún si ese “bueno” desconocido ni se acerca a conversar para que lo conozcan o, peor aún, despotrica de quienes se ven obligados a tener que sobrevivir.

Si en estas elecciones del 9 de diciembre, la oposición democrática obtiene los mismos votos que obtuvo en la elección presidencial: 3 millones, al gobierno le bastará sacar el 20 por ciento que le dan las encuestas: 4 millones, para adjudicarse el triunfo sin trampa ninguna. No tendría que recurrir ni siquiera al ventajismo que ha desplegado siempre. Así que, si quieren alimentar la esperanza de un cambio que el pueblo acompañe y que se pueda comenzar a ver a mediano plazo, salgan a votar por la oposición democrática.

 

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