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Antonio Sánchez García: Por la reelección de Luis Almagro

 

“El leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”.
Proverbio chino

La globalización ha venido a realzar el viejo proverbio chino del efecto del aleteo de una mariposa sobre el mundo globalizado. Y a legitimar la teoría del caos de Edward Norton Lorenz (1917-2008), que encontrara en el efecto mariposa la concreción metafórica de las interdependencias de sociedades en crisis. En efecto, nada de lo que suceda en un extremo del mundo deja de tener efecto en el extremo contrario. Como, por ejemplo, nada de lo que sucedería en nuestra región sería lo mismo a partir de la fundación por Fidel Castro y Lula da Silva del Foro de Sao Paulo y el fracasado golpe de Estado militar en la Venezuela imperante al 4 de febrero de 1992.

En dicho sentido, lo cierto es que quiérase o no, en este mundo globalizado y profundamente interdependiente, a partir del nombramiento como secretario general de la Organización de Estados Americanos del ex canciller uruguayo Luis Almagro, y contrariando las expectativas que despertaban sus antecedentes políticos –fue un viejo militante del Frente Amplio uruguayo, lo que llevó al viejo tupamaro Pepe Mujica a ponerlo al frente de su política exterior– nada siguió siendo lo que fuera hasta su toma de control del principal organismo político regional. Su ejercicio vino a constituirse en un muro infranqueable para las pretensiones imperiales y hegemónicas del castrocomunismo en nuestro hemisferio. Contrariamente a lo que sucediera bajo el secretariado del socialista chileno José Miguel Insulza, que hizo cuanto estuvo a su alcance para facilitarle a Fidel Castro su expansión regional y reincorporarlo al organismo. Intento frustrado por el mismo Castro, cuyo desprecio a la OEA iba parejo con su menosprecio al maniobrero chileno. Como ya quedara de manifiesto ante los infructuosos esfuerzos en el mismo sentido de Carlos Andrés Pérez, Felipe González y César Gaviria. Los guerrilleros cubanos jamás apostaron por una Internacional Democrática, como la OEA, sino por una Internacional Comunista, como la OLAS, Organización Latinoamericana de Solidaridad: crear uno, dos, tres Vietnam. De allí la profunda simpatía que su valerosa gestión ha despertado en todo el continente, por la firmeza y el valor con los que ha enfrentado las tiranías dominantes en Venezuela, en Nicaragua y en Cuba. Si su cargo fuera de libre elección por la comunidad latinoamericana, por poco no obtendría un respaldo unánime. Sería un justo premio a su entereza e integridad moral.

Desde entonces, y seguramente sin que lo esperase el propio Almagro, América Latina se ha escorado dramáticamente hacia la derecha del espectro político. Y a la defensa irrestricta del Estado de Derecho, alzando un muro contra el castrocomunismo invasor. Triunfó un poderoso empresario en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, con un mensaje y una narrativa nacionalista y de extrema derecha, lo mismo que sucediera en Argentina y en Chile, promoviendo casi que involuntariamente el triunfo de Iván Duque en Colombia y la aplastante victoria de un ex militar de ejército tanto o más derechista que Trump, Macri, Piñera y Duque en el Brasil, la nación más grande y poderosa de América del Sur. Las mariposas parecían haber enloquecido. Colmaron los cielos de Fox de Iguazú durante el encuentro de los conservadores de las Américas. Provenían desde las alturas de Washington.

He sostenido la tesis del quiebre en la hegemonía político-ideológica imperante en el mundo occidental, que recién comienza a influir en el aleteo de las mariposas que surcan nuestros cielos. Del que cabe esperar profundos cambios en la conformación política de la región. Estamos recién en los comienzos de este cambio de paradigmas. Y todo cuanto hagamos por facilitarlo y fortalecerlo redundará en beneficio del desarrollo, progreso y crecimiento de la región.

Es en este contexto que se agota el primer período de gobierno de Luis Almagro al frente de nuestro principal organismo multinacional y se plantea su reelección para un segundo período. Ya ha recibido el respaldo de los gobiernos de Estados Unidos, Brasil y Colombia. Sin embargo, ni el canciller de Chile, Roberto Ampuero, ni el de Argentina, Jorge Marcelo Faurie, han comunicado oficialmente su decisión de apoyarlo en su intento por ser reelegido al frente de la Secretaría General de la OEA. Hacerlo cuanto antes, con el entusiasmo y la convicción debidos, fortalece la única opción que tienen las democracias latinoamericanas: apostar por quien ha sabido devolverle al cargo y a la institución que representa todo el prestigio y la majestad que necesita y se merece. De la que hoy bien puede enorgullecerse el ex canciller de Pepe Mujica, sin la menor duda la primera figura internacional de la región. Sin otro padrinazgo que el de sus propias y admirables ejecutorias.

Luis Almagro, en efecto, ha sido la más joven, grata y sorprendente figura política y diplomática surgida en medio de estos tiempos de sombras y penurias para la diplomacia regional. Haciendo lo que todos dábamos por imposible: despertar al adormecido organismo de las Américas de un sueño sempiterno y una inutilidad de jarrón chino, para ponerlo al frente de la reivindicación de la libertad, la justicia y el entendimiento pacífico entre los países de la región. Eso suponía sacudir la modorra imperante, terminar con la complicidad de unos con otros y activar una serie de mecanismos facilitados por la Carta Democrática para poder cumplir efectivamente con los fines últimos de una organización cuyo desempeño en el pasado y desde su fundación ha dejado muchísimo que desear. En esencia: dejar de constituir un club de gobiernos para convertirse en un órgano coordinador de los afanes libertarios y progresistas de sus pueblos. Acabar con las prácticas dilatorias y/o alcahuetas de un José Miguel Insulza, reconvirtiéndola en acicate de la democratización de las Américas.

No ha logrado algunos de los más trascendentales objetivos planteados: apartar a los gobiernos tiránicos, y en especial a la Venezuela de la dictadura de Chávez y Maduro, de la organización. Y coadyuvar a la democratización de las tres tiranías que maculan a América Latina: Cuba, Venezuela y Nicaragua. Aunque ha sido un poderoso obstáculo a los afanes continuistas de Evo Morales. Siendo un hecho irrebatible al día de hoy que las principales potencias de la región: Canadá, Estados Unidos, Colombia y Brasil ya le han garantizado su respaldo. Lo mismo deberán hacer explícito los gobiernos de Sebastián Piñera y Mauricio Macri. La marcha hacia la democratización plena de las Américas es un hecho incontrovertible. Lograrlo será uno de los objetivos prioritarios de Luis Almagro durante los años de su segundo período de gestión.

Por ello, los demócratas de la región debemos respaldar al joven secretario general, brindarle todo nuestro respaldo y pedírselo a los países involucrados en esta lucha mortal contra el castrocomunismo latinoamericano en la que estamos involucrados. Es nuestro más leal y fiel aliado. Asegurar su permanencia en el cargo es un imperativo categórico.

@Sangarccs

 

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