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Rafael del Naranco: Jaculatorias  dilapidadas

 

De toda la obra de Truman Capote –  irreverente, ladina y edulcorada – nos quedamos con uno de sus libros menos subrayado: “El arpa de hierba”,  un paseo sobre los recovecos de la infancia descrita  de forma espléndida. Después, siguen algunos cuentos, y un poco más alejado “A sangre fría”,”Plegarias atendidas”  y “Los perros ladran”.

Varios años después de la muerte de Capote aparece un  relato con el nombre de  “Crucero de verano”. Igual que “Plegarias…”, fueron papeles perdidos de una obra más amplia que el autor no quiso, o posiblemente no pudo, finalizar a su manera.

Esas páginas son un cuento convertido en malaventura, algo distinto de lo sucedido con la propia novela.

Tras el éxito de “A sangre fría”, Truman se  mudó de su viejo apartamento de Brooklin, Nueva York, y en su estampida abandona una caja con papeles que el portero del edificio rescató y guardó.  Tiempo después el hombre la vendió y apareció en una subasta de la Casa Sotheby´s. Allí estaba  el manuscrito  “Crucero de verano”.

En una nota sobre el texto, insertado en la edición americana  se decía  que  el manuscrito   estaba en cuatro cuadernos escolares y sesenta y dos notas complementarias, guardado en los archivos de la colección Truman Capote de la Public Library de Nueva York.

“Los redactores – explica la editorial – han corregido silenciosamente los solecismos y faltas de ortografía. En los casos en que el significado del texto era dudoso, añadieron alguno signo de puntuación, como una coma e insertaron una palabra en unas pocas frases en que faltaba alguna.”

Indudablemente, esas “cortas correcciones” no le quitan ni un ápice al texto.  Truman es fácil de seguir, no es complicado, aunque sí, en cierto párrafos, divino rayando en lo genial.

Esto lo refiere  Juan Manuel de Prada,  al hacer la crítica de la novela: “No faltan páginas de afilado ingenio, de felino sarcasmo, de efervescencia lúdica, pero predomina en ellas el tono hondamente afectuoso.”

Otro critico – Adam Mars-Jones- expresa: “El ritmo de su prosa es perfecto. Como era de esperar. Capote es mucho mejor cuando se ocupa de los ricos que de los pobres. Después de todo, sus gustos se inclinaban por lo exquisito, por el brillo, la fantasía y la belleza de las insinuaciones”.

En cierto momento cruza  cual sombra por las páginas literarias de ese crucero, la ciudad indeleble en el instinto impulsivo de Capote: Tánger. Nueva York es para él otra cosa, el  tumulto  necesario para seguir vivo.

En la ciudad marroquí existía Paul Bowles, el sumo sacerdote de una religión cuya piedra de los sacrificios  era un jovencito de piel canela que el escritor saboreaba hasta embriagarse.

Repaso la novela a la brisa de la playa mediterránea de Malvarrosa en Valencia donde los días de diciembre aún son apacibles,  frente   a  ese mar mundano en la que uno  saboreó noches de vino y mañanas magulladuras de cansancio.

Fuimos jóvenes alguna vez en un tiempo cuando apurar el vaso de las toxinas  del vino era lo único  posible. Después, la edad nos hizo sedentarios y solamente dejó, en la comisura de la piel,   nostalgias que si hoy las rozamos no saben  a plegarias dilapidadas.

 

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