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Aquiles Nazoa: Elogio Informal de la Hallaca, (Además, premonitorio)

 

Pasadme el tenedor, dadme el cuchillo,

arrimadme aquel vaso de casquillo

y echadme un trago en él, de vino claro,

que como un pantagruel del Guarataro

voy a comerme el alma de Caracas,

encarnada esta vez en dos hallacas.

Ah…, de solo mirarlas por encima

hasta un muerto se anima:

regordetas, hinchonas, rozagantes,

dijérase al mirarlas tan brillantes

que para realzarles la vitola

las hubieran limpiado con chinola;

a lo que agregaremos el hechizo

de un olor más sabroso que el carrizo.

Pero desenvolvamos la primera,

que ya mi pobre espíritu no espera.

Con destreza exquisita,

corro en primer lugar la cabullita;

y con la exquisitez de quien despoja

de su manto a una virgen pliegue a pliegue,

levantándole voy hoja tras hoja,

cuidando de que nada se le pegue.

Hasta que al fin, desnuda y sonrosada,

surge como una rosa deshojada

relleno el corazón de tocineta

y de restos avícolas repleta,

mientras por sus arterias corre un guiso

que levanta a un difunto, vulgo occiso.

Pero, cómo olvidar las aceitunas

que, no obstante sus pepas importunas,

(las que algunos escupen en el piso)

le dan sasón al guiso?.

Y la almendra, señores, y la pasa

y esa tela finísima de masa

que de envoltura sírvele al relleno

y cuando queda cruda es un veneno?

Oh, divinas hallacas:

aunque os tenga más de uno por dañinas,

yo os quiero porque habláis de una Caracas

de la que ya no quedan ni las ruinas.

.

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