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Rafael del Naranco: La pequeña vida que llevamos

 

Los lejanos pretextos que empezamos a borronear recién salidos  de la pubertad  – ¡Cristo del cielo protector, hace de ello una eternidad! – se han ido quedando con el paso del tiempo en lamedales y, debido a esa circunstancia, seguimos  sobre el  arado de la vida  con la esperanza de ver brotar alguna semilla.

Vano intento. Si eso no ha sucedido hace ya   incontables otoños,  no será permisible ahora. ¿Desilusionados? Ni un ápice. Estamos  obligados a vivir sin  aspavientos.

Mi historia personal es raudal y suelta. Galanteé escritos y he sido estimado mientras llevaba en las alforjas  un  lema impreso: Siempre será mejor la libertad con sus inmolaciones que la sopa del autócrata.  Y aferrados a ese comedimiento,    hacemos caminos serpenteados con el deseo de hallar la sombra bienhechora bajo  la floresta que a todos nos espera.

¿Qué existirá dentro de dos mil años a partir de hoy, o incluso dentro de dos o tres generaciones?  Habrá que decir con la misma conjetura que el escritor estadounidense Michael Chabon: El futuro comenzará a ser cuando empecemos a imaginarlo cada uno de nosotros.  Si es así, mejor no tener  demasiada prisa en saberlo, ya que coexistir en cada  instante nos ayuda a abrir una ventana  sobre el porvenir que no habrá de contar en absoluto con nosotros. Somos la realidad del instante mismo.  Nada más.  O quizás no. El haber nacido es ya una extraordinaria aventura. Y si no hacemos demasiadas preguntas sobre la razón de estar aquí, dentro de la estructura del Universo, veremos que somos parte de un extraordinario prodigio.

El péndulo que oscila imparable en nuestro ser interior nos hace preguntas aún estando adormilados: ¿Qué somos? ¿Hacia donde vamos? ¿Posee la existencia un sentido esclarecedor?

¿Y esto qué significa si las galaxias igualmente dejan de ser lo que eran en un  tiempo casi imperecedero? Mejor respirar mientras podamos. El futuro  llegará impávido sin que nadie lo convoque arrastrando la infinitud del tiempo en que pudiera morar la perpetuidad.

Es incontestable: nada desaparece en el Universo,  todo se trasforma. ¿Nos irá mejor en esa nueva ruta?  Si así fuera uno agradecería repetir las zancadas y aventuras que ha ido desarrollándose  en nuestra tierra madre.

No es la primera vez ni  será  la última que un contador de historias pueda convertirse en referencia universal sin salir nunca del terruño, al llevar dentro de sí mismo la materia de la existencia con sus protervos o buenos atributos. Ejemplos predominan y no es necesario  ir al buscarlos  al dios pagano llamado Google: solamente hace falta entrar en el bar del barrio, pedir  un café u otra bebida y disponer  a mano un periódico de los editados en la ciudad mientras se escucha una  tertulia en la mesa cercana, al ser toda conversa  el comienzo de una historia humana que de una u otra forma nos concierne.

Y es que estar aquí ahora,  garabateando una cuartilla, es otro de los prodigios del Cosmos.

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