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Nelson Chitty La Roche: De otra eternidad que termina

 

Ante la pregunta de Lenin: libertad ¿para qué?, Maritain responde lapidario: “Para que el hombre sea hombre”. (Rodríguez Iturbe, 2007)

Tampoco yo tengo en casa una bola de cristal y valga el lugar común y así no conozco el futuro, pero como soy un ser humano, tengo derecho de imaginármelo. Buena parte del pensamiento del hombre migra, deambula, fluye, vuela, construye y deconstruye conforme a su espíritu.

Por eso, para nuestra entidad, la libertad y el porvenir son los recursos más invocados, reclamados, deseados.

Venezuela está de parto. Entre sangre, dolor, contrición y consciencia existencial asume su tiempo histórico. Percibe en el esfuerzo duro y cruento de su presente, una secuencia rítmica que anticipa, entrevé, arriba entre lo que pasa, transcurre y lo que intuye, siente, sabe que vendría. Debe inventar, no obstante, sobre la marcha responder a una gruesa pregunta: ¿Cómo edificar y cuál porvenir configurar? ¿Qué nos ocurre? ¿Es acaso verdad que sale el Sol? Muchas interrogantes surgen ante la evidencia de los cambios que se presentan.

Parecía, y para muchos aún es así, que las cosas eran como fueron y serían todavía. La glosa, el mohín, el rostro de la clase política gobernante hacía creer que habíamos llegado a un momento iterable, inexorable, ineluctable. Algunos de nosotros ensayábamos, cual zombis, la mueca que asiente resignada. Ahítos de desesperanza, cual punta de ganado, anulados vivíamos, pero emergió de lo profundo un trazo en la personalidad societaria que latía, sin embargo, y nos convence, despierta, conmueve, vigoriza, vivifica y volvemos de súbito a pugnar, reclamar, creer, luchar.

Se diría que termina esta eternidad que, emulando al infierno, nos condenaba a la experiencia diaria de la tristeza y la desazón. Hasta hace poco, cada amanecer nos proponía una tarea de supervivencia y, lo peor, con menguada, menoscabada esperanza. Ahora podemos ofrecerle un margen razonable de verosimilitud a nuestra imaginación que apunta decididamente a otro paisaje y otro devenir. Experimentamos paulatinamente la sensación de que salimos del profundo coma ciudadano en que postrados yacíamos. Vuelve la araña de la libertad a tejer, pero estemos atentos y dispuestos a modificar, reformar, transformar el ahora profanado templo de la patria y haciéndolo, sin demasiada prisa y con la pausa que reflexiona, escudriña, coteja, corrige y postula un futuro diferente. Hay que atreverse a cambiar de verdad, pero como habría dicho el presidente mejicano Fox: sin cambiar nuestras raíces.

Celebro, entonces, algunas afirmaciones del señor presidente de la Asamblea Nacional y encargado de la Presidencia de la República, Juan Guaidó, en la línea de advertir que el regreso a la constitucionalidad supone un manejo pulcro de las Finanzas Públicas, una administración del erario público bajo reglas contraloras, la rendición de cuentas como signo y característica de la gestión encomendada. Mirar al poder empapado del deber de servir y no de servirse, ofrecer el mejor concurso dirigente para superar el desastre que heredamos, sin mezquindades y con objetiva evaluación de los méritos y credenciales. Hay que llamar a los mejores al gobierno. El marco referente de la actuación pública amerita unas pinceladas. La Constitución está herida, incumplida, descuidada, desacatada. Ello nos lo trajo la “revolución” de todos los fracasos. Aprendamos y restañemos la piel del contenido de la carta fundamental que amaba Andrés Eloy Blanco definir como “el texto derramado de los labios eternos del pueblo”. Regresar la sociedad a la norma, superar la anomia son propósitos capitales, para luego tener un genuino estado constitucional o como la denominaba Loewenstein y también lo hizo Ferrajoli, una democracia constitucional.

Es menester revisar la relación de poder y competencia. Los desequilibrios son ostensibles. Una sala constitucional sin contrapesos orgánicos y funcionales deviene en oligarquía institucional. La justicia está gracias al legado de sus manipuladores, catatónica, cataléptica, porque no sirve a la ley ni a la equidad sino al tirano que ha hecho de ella un ariete purulento con el que ha subyugado a la ciudadanía y ha asfixiado a la sociedad económica, pero ha desfigurado especialmente la dignidad del ser humano, sus derechos y garantías. Criminalizar la ciudadanía, judicializar la política son los rasgos prominentes de la estructura judicial. Allí habrá que aplicar además cirugía oncológica.

Necesitamos, para este ciclópeo esfuerzo de reconstruirnos y regenerarnos como nación, la participación y el respaldo ciudadano a nuevas y rescatadas magistraturas. Me decía el ex diputado y ex gobernador del Táchira, César Pérez Vivas, que cavilando entre lo vivido y lo que viene sugeriría un cambio para elegir como en otros países con doble vuelta y así robustecer la selección soberana para darle con más legitimidad, más estabilidad al régimen de un lado y del otro, avanzar definitivamente en el traslado de competencias a las regiones y a las localidades. Más poder para la gente y más control sobre los Poderes Públicos.

Puedo seguir y referirme a la educación, a la salud pública y privada, a las policías, a la muy enferma Fuerza Armada Nacional, plena de tumores y a punto de septicemia, pero esos conciudadanos deberían saber que estuvieron y están lejos de cumplir sus deberes y se han prestado para sostener un poder concupiscente y groseramente corrompido. Ellos mismos ayudarían mucho si para renovarse, sanearse, superarse entiendan que la batalla a ganar es la de provocar una verdadera revolución ética y moral en un país devastado por el ejercicio de mafias disfrazadas de arlequines de la izquierda trasnochada y mediocre que nos gobernó. Que su rol social no es gobernar sino colaborar con la recuperación de la soberanía nacional, extraviada entre los cubanos, los rusos y los chinos.

Tientan las ideas, los recuerdos, los fantasmas, pero finalizaré diciendo que la eternidad de la muerte y la entrega del espíritu culminan sin otra violencia que la propia y amanece de nuevo para el pueblo, hijo de Bolívar, porque su ciudadanía lo decide así.

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