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¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda?

 

«¡Mamá, mamá! ¿Me ayudas?». Cuántas veces habremos presenciado y protagonizado esta escena… Cuando somos pequeños no tenemos ningún pudor en pedir ayuda, sin embargo cuando nos hacemos mayores muchas veces la cosa cambia.

Si no lo eres, seguramente conoces a alguien que prefiere emplear una inmensa cantidad de recursos para resolver un problema que con ayuda no supondría nada. O que prefiere desistir o fracasar antes que permitir que otra persona le eche una mano.

«Pedir ayuda no es de cobardes… es el empujón que se necesita cuando tienes dudas para hacer algo».

-Anónimo-.

Volvamos a otra escena de la infancia. «Mamá, mamá ¡Lo he conseguido yo solo! o -«¡Déjame! Puedo sólo.» – «Muy bien hijo, lo has conseguido tú solo!» Este feedback que favorece la autonomía muchas veces es el inicio del camino hacia una costumbre que no es tan positiva.

¿Por qué nos cuesta pedir ayuda?

Mujer triste

 

Son muchos los motivos que pueden desencadenar este comportamiento y muchas las ventajas que se pierden al no solicitar ayuda. A continuación, veremos algunas de estas razones, con muchas de las cuales puede que te sientas identificado.

  • El primer motivo probablemente es el orgullo. Queremos para nosotros en exclusiva el mérito de resolver un problema y no estamos dispuestos a compartirlo con nadie.
  • El segundo de los motivos que puede inhibir la petición de ayuda tiene que ver con que la persona no quiere confesar la existencia del problema. En este sentido imaginémonos a la persona que ha contraído deudas de juego o ha generado una adicción al alcohol. Ninguna de las dos cosas es fácil de compartir.
  • El tercero de los motivos comunes es la vergüenza, no queremos que otra persona nos vea realizando una acción.
  • Algunas personas piensan que de forma inmanente a la petición de ayuda hay una muestra de debilidad.
  • El cuarto de los motivos tiene que ver con el hecho de que siempre existe la posibilidad de que se nos niegue esta ayuda. Detrás de este temor, se encuentra el miedo a ser rechazado. Tememos experimentar la sensación de que no somos lo suficientemente buenos para que alguien nos dedique su tiempo.

«La verdadera fuerza viene no de aparentar fortaleza todo el tiempo, sino de reconocer las propias debilidades y saber pedir ayuda».

-Melody Beattie-.

Miedo a ser juzgado

Al final, detrás de varios de estos motivos se encuentra otro más trascendental: el miedo a ser juzgados por los demás. No nos gusta que en un momento en el que podemos mostrar debilidad justamente se fije en nosotros el foco atencional de los demás.

Mujer rechazada

 

Por eso, para pedir ayuda muchas veces es necesaria cierta confianza, y no a todo el mundo le pediríamos ayuda para lo mismo, con independencia de sus capacidades. Por eso, pedir ayuda la mayoría de las veces no es un signo de comodidad sino de valentía.

Como se ha mencionado en el apartado anterior, en muchas ocasiones, interpretamos el pedir ayuda como un acto de debilidad. Una de las afirmaciones que de forma inconsciente puede atravesar nuestra mente suele ser: «si pido ayuda es que no soy lo suficientemente bueno para hacer algo». Sin embargo, todos necesitamos ayuda en algún momento de nuestra vida. De esta forma, pedir que alguien nos «eche un cable» cuando lo necesitamos es un acto de lo más normal.

Los demás no leen el pensamiento

Otro aspecto importante a la hora de pedir ayuda es la expectativa de que los demás sean los que nos la ofrezcan. Cuántas veces hemos escuchado frases como, «no has venido a ayudarme», «me has visto atareado y no me has preguntado si necesitaba ayuda»… Cuando necesitamos ayuda, lo más fácil es pedirla y no espera a que los demás adivinen si la necesitamos o no.

En muchas ocasiones, la respuesta a las acusaciones anteriores suele ser: «no sabía que necesitaras ayuda», «haberme avisado», «si me lo hubieras dicho te hubiera ayudado sin problema».  Si necesitamos ayuda es tan fácil como pedirla.

¿Qué nos perdemos exactamente al no pedir ayuda?

Antes que nada, al no pedir ayuda nos ponemos en una situación en la que gastamos una gran cantidad de recursos, que si no se trasforman en un resultado efectivo, pueden llevarnos a generar un sentimiento de frustración notable.

En segundo lugar, nos perdemos la oportunidad de experimentar la bondad de los demás y de mejorar nuestra visión del mundo. Perdemos una posibilidad de contacto interpersonal que puede ser realmente enriquecedora.

Además, siguiendo a la psicología social, sabemos que cuando pedimos ayuda estamos mejorando el concepto que tiene de nosotros la persona que nos la da. Por otro lado, no olvidemos que somos animales sociales y que en estas situaciones perdemos una buena oportunidad de desarrollar nuestra naturaleza.

Mujer ayudando

 

A partir de ahora voy a pedir ayuda cuando lo necesite, sin que me de vergüenza y dejando cualquier miedo atrás.

Finalmente, dándole la vuelta al hecho de que cuando pedimos ayuda recibimos también un foco atencional, perdemos una gran oportunidad de ganar en seguridad y confianza. Sabemos que ayudar es maravilloso, pero dejarnos ayudar no lo es menos. ¿Por qué no lo intentamos?

 

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