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Alirio Pérez Lo Presti: Habituales historias extraordinarias

 

Estaba buscando un llavero por el centro de Santiago y por más vueltas que daba no lo conseguía en ninguna parte. De tanto dar tumbos, terminé en un negocio chino. Pero no cualquier negocio.

Dos damas con unos trapos enrollados en la cabeza (imagino que eran unas prendas propias de su cultura) me atendieron de manera tan extraña que no sabía si querían que me fuese del recinto o me iban a atrapar para hacer una sopa de esas que uno se come en los restaurantes chinos. La mayoría de la mercancía tenía una capa de polvo que me hizo pensar: 1. Pasan muchos carros y el polvo entra todo el tiempo. 2. Desde hace años no le echan una limpiadita a la mercancía.

Con el recinto lleno de polvo y con las dos mujeres que me miraban con cara de jugadoras de póker, me puse a mirar detenidamente los objetos que vendían. La  lista infinita iba desde salsa de soya del país asiático hasta las más extravagantes prendas para los juegos que se practican en la intimidad de las parejas sofocadas por el aburrimiento. De más está decir que estar en la tienda era ya de por sí entretenido, si no fuese por la sensación de que un manto de suciedad y de tiempo insondable cubría los espacios. Los ojos rasgados de las dos mujeres no daban tregua, tratando de escrutarme.

Comencé por el área de comida, pasé por la de artículos de cocinar, misceláneos capaces de ruborizar a cualquiera, para finalmente aterrizar en el lugar de los llaveros, ubicado nada menos que a un lado de la caja registradora en donde las dos damas me seguían con la mirada. Una colección de sables (parecían más bien largos cuchillos de carnicero, decoraban la pared detrás de ellas). Comencé a ver llavero tras llavero, obsesivamente, como suelo ser cada vez que salgo de mi casa a comprar un llavero y me sorprendí que eran más modelos de lo que pudiese haber alguna vez imaginado.

Eran miles perfectamente alineados, organizados por tamaños y temas, por colores y épocas, por materiales de fabricación y sonidos diversos. En fin, era la gran tienda de los llaveros. Pude haber estado más de una hora deleitándome con tantos y singulares objetos para compilar llaves, mientras a las mujeres se les hacían los ojos más lineales, por la raza, el tedio o  el cansancio de tener el único cliente de la jornada.

Comencé preguntando precios y mi sorpresa no pudo ser mayor al escuchar a dos mujeres asiáticas respondiéndome en perfecto español, con un singular acento, tan singular, que era el de las personas que viven en Santa Bárbara del Zulia, localidad de Venezuela. Después de veinte años, habían decidido realizar una segunda migración y las chinas-zulianas vendedoras de cosas raras en una tienda del centro de Santiago de Chile eran mis compatriotas… al menos en lo que respecta al lugar de dónde venían.

Total que me hablaron de esto y lo otro, de la situación del país del norte de Suramérica, de las dificultades propias del migrante cuya vida se vuelve trashumante de tanto dar tumbos, de las dificultades para establecerse como comerciantes de nuevo y de los beneficios del té verde, sin el cual, según ellas, no se puede entender la esencia de la vida.

Terminé con la mochila llena de coroticos, una cafetera italiana, cerveza china, muñecas rusas, un par de peluches y una docena de llaveros, siendo el más impactante el de Darth Vader, con sonido incorporado, diciendo en perfecto español castizo “yo soy tu padre”. Saqué mi cartera para pagar la totalidad de lo adquirido, luego de haber socializado entre risas y silencios prolongados, las historias de vida de rigor, cuando la de mayor edad dijo que esperase que saliese del fondo del negocio el dueño, quien era el que cobraba.

Del fondo del local apareció nada más y nada menos que el chino Win, que tenía un local de venta de comida en la ciudad de Mérida y que frecuentaba con cinco amigos, siempre los mismos durante al menos quince años de mi vida. Hasta el chino Win está en Santiago y no pudo ser mayor mi desconcierto, solo superado por mi alegría al sentir que en realidad el pasado, el mejor pasado, en este caso, puede estar agarrado de nuestras manos y una aparente casualidad hace que nos tropecemos con él.

“-El pasado nos persigue, Alirio-”, era la frase de rigor de una profesora compañera de trabajo de la Universidad de Los Andes que no dejaba de quejarse de los avatares de la vida. En mi caso, creo que ese pasado se me ha presentado de las maneras más nobles y amigables, desde sueños en los que recuerdo las enseñanzas de mis dos abuelas sabias, hasta conseguirme con la gente de mi ciudad en el extremo sur del continente.

De más está decir que nos emocionamos en ese reencuentro entre mi persona y el chino cantinero y por demás está dejar claro que no me hizo ni el mínimo descuento, a pesar de haber comprado un montón de mercancía, en un lugar que es la repetición de otro, que ya no existe solo en mis recuerdos del pasado sino en un local comercial del centro de Santiago.

@perezlopresti

 

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