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La verdad sobre César Rengifo; Por Milagros Socorro

 

Mucho antes de que Clint Eastwood acuñara esa cara de quien mira un desierto a mediodía, ya el venezolano César Rengifo tenía varias fotografías con esa expresión.

Rengifo fue un dramaturgo, artista plástico, periodista y activista político muy activo. En todas esas áreas desarrolló amplia obra. Como era militante comunista, el chavismo lo ha incorporado a su propaganda creando de él una imagen de santón marxista que dista mucho de la realidad.

Necrofílico empedernido, Maduro suele recordarlo más a propósito de su muerte que de su nacimiento, ocurrido el 14 de mayo de 1915, en Caracas. El año pasado divulgó un tuit donde decía: “Recordamos a 38 años de su siembra, al gran poeta, dramaturgo, pintor y artista, César Rengifo. La Revolución Bolivariana enaltece la obra de este maestro del Realismo Social, que revolucionó con su creación la conciencia de un pueblo. ¡Viva Rengifo!”. Y el año anterior había escrito: “Hoy conmemoramos 37 años de la partida física de César Rengifo, uno de los hombres más importantes de las artes y la cultura venezolana del siglo XX, quien supo transformar su obra en un legado eterno para el pueblo humilde y combativo”.

En noviembre de 2017, uno de los muchos órganos de propaganda oficial le atribuyó esta declaración a Maduro: “César [como si hubieran jugado metras] fue un artista integral, que supo conjugar la dramaturgia, el teatro y las artes plásticas…”. Pero se han inhibido de llevar a cabo alguna iniciativa para divulgar la obra plástica de Rengifo, editar su dramaturgia completa o investigar su periodismo. Incluso sus causas sociales son aludidas sin demasiado detalle, no se entra a profundizar lo que Rengifo denunció, defendió y postuló.

En junio de 2012, en un acto a propósito de la Batalla de Carabobo, Chávez habló de César Rengifo. “Deberíamos, repito, no sólo leerla sino montar teatro en las calles, en los cuarteles, en los campos, en las ciudades, en los barrios con esta obra: ‘Esa espiga sembrada en Carabobo’, esta maravilla de cantata, escrita por César [otro que jugó metras con el artista] por allá por 1971 cuando se conmemoró el sesquicentenario de la batalla inmensa y eterna de Carabobo, ‘Una espiga sembrada en Carabobo’”.

No montaron las obras de Rengifo en los barrios, en los campo ni mucho menos en los cuarteles. Crearon el “Movimiento Nacional de Teatro para Niñas, Niños y Jóvenes César Rengifo (MNTCR)”, una fundación que depende del Viceministerio de la Suprema Felicidad Social del Pueblo, a su vez adscrito al Ministerio del Despacho de la Presidencia y Seguimiento de la Gestión de Gobierno, cuya misión más que el estudio y escenificación del teatro de Rengifo es: “desarrollar la sensibilidad y la consciencia en el marco del espíritu, propósito y razón de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, de la Ley Plan de la Patria 2013-2019 y del pensamiento revolucionario de César Rengifo”. Su programación puede verse en la cuenta de tuit @MovimientoTCR, donde se anuncia un ciclo de cine cubano, una proyección de “Dumbo”, de Tim Burton, la charla de un tal Agustín Otxotorena, a quien presentan “Vasco residenciado en Venezuela” y mucha propaganda.

Alguna vez montan una pieza de Rengifo. Pero no siempre. Ni todas. Por ejemplo, no llevan a escena ‘Por qué canta el pueblo’, pieza escrita por Rengifo, en 1937, sobre estudiantes que protestan contra el régimen de Gómez y se enfrentan a sus fuerzas represivas. Un uniformado dispara a la multitud y mata a un estudiante que resulta ser su hijo. Ni un monólogo con los alegatos de Rengifo, quien en 1965 viajó a Italia para coordinar la Conferencia Mundial por la Libertad de los Presos Políticos Venezolanos.

Tampoco hicieron una muestra retrospectiva de su trabajo plástico, lo que sí hizo la democracia, en 1974, cuando se desplegó en Pro Venezuela una exposición de Rengifo con más de trescientas obras realizadas entre 1931 y 1974.
No aluden al profundo rechazo de Rengifo a la represión tiránica. Silencian que en 1928, cuando tenía 14 años, distribuyó panfletos contra Juan Vicente Gómez y que tras su muerte, en diciembre de 1935, estuvo en el grupo de artistas que denunciaron con su arte los desequilibrios sociales que dejó esa tiranía.

Pasan sobre el hecho de que el joven Rengifo viajó a Chile, en 1936, con una beca que le dio el entonces ministro de Educación, el adeco Rómulo Gallegos. Que en 1959, recuperada la democracia, el mismo despacho lo designa coordinador de la campaña de alfabetización de Mérida. Y omiten, como hizo Chávez en el comentario antes citado, el hecho de que en 1971, cuando Rengifo escribió ‘Una espiga…’ a propósito de los 150 años de la batalla de Carabobo (1821), también había sido incluido por la democracia en la Comisión del Sesquicentenario de la Batalla de Carabobo para hacer el mural Creador de la nacionalidad, en el paseo Los Próceres en Caracas.

Rengifo no le dijo que no al vicealmirante Jesús Carbonell Izquierdo, ministro de la Defensa del presidente Luis Herrera Campins, cuando lo contrató para hacer esa obra. Como tampoco le dio una respuesta negativa a Pérez Jiménez, en 1954, cuando lo llamó para que hiciera el Mito de Amalivaca, mural de 90 metros cuadrados, en el Centro Simón Bolívar. Ningún vocero, tuitero o trol del chavismo precisa que los casi dos millones de pedacitos de mosaico, finamente cortados, que Rengifo usó para el Mito de Amalivaca se los había hecho traer de Italia. Siempre lo hizo. Ojalá se preguntaran si los artistas venezolanos contemporáneos tiene acceso a insumos para su obra.

Pero es que si el chavismo le concediera unos minutos a la difusión de la figura de César, como ellos dicen sin haber sido su amigo –y, como da la impresión, sin haber leído un párrafo suyo- toparía con la circunstancia de que su pana fue beneficiario de la ayuda humanitaria concedida por los Estados Unidos, al que tampoco le tiró la puerta en la cara. En 1947, Rengifo tuvo su primera exposición importante. Fue en el Museo de Bellas Artes (que, ya que estamos, ¿existe todavía o también lo destruyeron después de nombrar una seguidilla de directores sin preparación para esta función). Ese mismo año, Rengifo tuvo una ulcera intestinal de origen tuberculoso. Al verlo grave, sus colegas de la Asociación Venezolana de Periodistas se dirigieron al entonces mandatario, general Isaías Medina Angarita, para que este hiciera gestiones con el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delaware Roosevelt, para conseguir penicilina, panacea que llegó por primera vez a Venezuela para salvar la vida de César.
Habría mucho más que reivindicar en la trayectoria de Rengifo. Por ejemplo, su trabajo como reportero y jefe de información de redacción en empresas periodísticas privadas, como los diarios Ultimas Noticias, cuyo equipo fundador integró, en 1941, El Heraldo y El Nacional y la revista Élite.

Y cómo olvidar los galardones con que la democracia lo distinguió, como el Premio Nacional de Teatro, que le tributó en 1980. O los cargos que ocupó en universidades autónomas, hoy arrasadas por el chavismo, como la ULA y la UCV, en las que se desempeñó como director de cultura. El 22 de noviembre de 1980, César Rengifo falleció de una trombosis. Tenía 65 años de edad. Sus restos fueron velados en la Galería de Arte Nacional (GAN), donde recibieron muestras de respeto de todos los sectores del país, incluido el presidente de la República, doctor Luis Herrera Campins.

 

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