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La vida nocturna que Caracas no pudo conservar

Baile de gala en el Pasapoga, mayo de 1955. Cas Oorthuys

Alberto Veloz – El Estímulo: La trepidante vida nocturna que Caracas no pudo conservar

El hombre siempre ha buscado refugio y alternativas que lo desahoguen del trabajo cotidiano, del aburrimiento y la monotonía. Para eso existe la alegre vida nocturna donde en cientos de lugares se puede tratar de conseguir esa efímera felicidad (Parte I)Del botiquín de mala muerte al bar elegante, pasando por el night club, cabaret, dancing, el piano bar, la boîte, la sala de fiestas y las discotecas, en todos ellos se ofrece lo mismo: un momento de fugaz y relajante fantasía para conseguir alegría y placer. Así podemos resumir el capítulo de la vida nocturna.La finalidad es divertirse hasta más no poder, pasar las horas en un ambiente diseñado para embriagarse de gozo, de licor y de lo que esté al alcance para conseguir placeres de cualquier tipo.

Vida mundana

Las grandes metrópolis generalmente están plenas de lugares para noctámbulos que satisfacen todos los caprichos jacarandosos del hombre, donde la orden es gozar a todo pulmón.

Hay ciudades y lugares con una trepidante vida para la diversión de adultos como Las Vegas, Nueva York, Ciudad de México, Buenos Aires, Barcelona, Ibiza o las lejanas Tokio y Bangkok. La fiesta es permanente en sus cientos de bares, night club, discotecas y otros sitios de entretenimiento con una gran diversidad de actividades que van desde una simple barra con tragos, shows artísticos de todo género hasta sexo en vivo.

La Caracas de hoy no es ni la sombra de lo que cualquier mortal pudiera imaginar. A comienzos del siglo XX era una pequeña capital que comenzaba a ser tentadora y que en pocos años cobró un ritmo de vida festivo, que sorprendía por lo bohemio y a la vez elegante y cosmopolita de su nocturnidad, que en ocasiones era soterrada por lo pecaminoso que significaba para aquella sociedad todavía pacata, pero que se hacía la vista gorda y la aceptaba.

En este sentido, el conocido cronista Eleazar López C. comenta acerca de la evolución de la nocturnidad caraqueña:

“Caracas abrió sus puertas al mundo a partir de 1936; sus noches se iluminaron y su gastronomía se llenó de variados sabores a comienzos de 1950. Política a un lado, con obras de infraestructura que comenzaban a cambiar la faz de la ciudad y una inmigración que la marcaría para siempre, en los años 50 comenzaba a respirarse un ambiente de bonanza que trajo consigo afluencia, pan y fantasía”.

“La fantasía correspondía a la magia del espectáculo que podían disfrutarse en los variados escenarios nocturnos que entonces brotaban por todos lados, los cuales ofrecían en vivo lo que el público imaginaba o soñaba, según había leído en libros y revistas, o escuchado en la radio y en los discos; o visto en el cine y, muy pronto, en la televisión. La vida nocturna y la gastronomía de la ciudad tomaban vuelo -comenta Eleazar López – para definir la época como de belleza, frivolidad y alegría, que ahora sabemos esos años conformaron una única e irrepetible Edad de Oro, para suerte de los que la conocimos y la vivimos”.

Incipiente noche caraqueña
En la década de los 30 comenzó a surgir una vida nocturna casi desconocida para el caraqueño de esa época. Un curioso personaje apareció en la escena de la noche que revolucionó la sociedad medianamente apacible y casi pueblerina del valle de Caracas en los primeros años del siglo XX.

Pierre René Deloffre, cuyo verdadero nombre era Gilbert Pommier, un exconvicto de Cayena que llegó a esta ciudad con falsa identidad y en poco tiempo se adueñó y enseñó, en el sentido casi literal de la expresión, una manera mundana y libertaria de diversión y nocturnidad para los caraqueños de todas las clases sociales. Se podría decir que fue el antecesor, por sus similitudes, con el expresidiario Henri Charrière mejor conocido como Papillón.

Pierre René Deloffre. Foto de Jaime Albánez

A finales del siglo XIX la moda era la cocina francesa, especialmente en las mesas oficiales y privadas. Algunos hoteles traían cocineros galos como el Gran Hotel Caracas o el Gran Hotel Americano y el restaurante El Francés.

Pero indudablemente Deloffre fue quien dio a conocer a los caraqueños la culinaria francesa, quizá de una manera más democrática, ya que anteriormente estaba reservada solo para quienes habían tenido la oportunidad de viajar al extranjero o aquellos que pertenecían al alto gobierno, los mandamás de aquel entonces.

Con una vida rocambolesca y de altibajos, Deloffre luego de muchas peripecias y desde desempeñar los oficios más bajos logró ser dueño y señor de la Caracas nocturna, que sorprendida y con ansias de mundanidad se le entregó.

Deloffre y sus negocios para noctámbulos

Por hechos fortuitos, ansias de trabajar honradamente y una gran habilidad para hacer negocios, Deloffre pasó de personal de limpieza a propietario de La Suisse en 1925, el primer restaurante de cocina francesa para el gran público situado entre las esquinas de Piñango a Camino Nuevo.

La Suisse de Pierre René Deloffre, Los Caobos 1930.

Ganó fama con su cocina, atrajo a toda la alta sociedad y se hizo un nombre. Posteriormente ese local le pareció pequeño y pensó: “Caracas no tenía salones de baile elegantes, adonde pudieran acudir los personajes de la sociedad con sus esposas o con sus novias y amigas decentes, me empeño en instalar el primer dancing de esa clase”, afirmaba Deloffre a Oscar Yanes en entrevista sobre su vida publicada en su libro Cosas de Caracas.

Mudó La Suisse para un nuevo local en el sector de Horno Negro, entre Cochera y Puente. A pesar que la zona no era nada prestigiosa, su fiel clientela no le falló y el caraqueño comenzó a salir a cenar y bailar al ritmo de una orquesta en un ambiente elegante, donde relucían las joyas opulentas y el ambiente se impregnaba de costosos perfumes franceses. Nacía en Caracas el dancing-restaurante.

El servicio de mesa y bar se los enseñaría Deloffre a quienes buscaban empleo como mesoneros. Sólo les exigía mucho trabajo y dedicación ya que ganarían también mucho dinero, por supuesto que estuvieran bien vestidos, ser amables y educados.

No contento con su fama y las ansias de abarcar aún más, decidió abrir un nuevo local para mudar La Suisse, más grande y lujoso. Mandó a construir una piscina enorme, gastó un dineral en decoración, jardines con adornos por doquier y grandes orquestas.

Este espacio estuvo ubicado en Los Caobos, cercano a la Plaza Morelos. Fue la primera vez que Caracas vio a un portero vestido al estilo de un almirante, con guantes blancos y botones dorados, como en los hoteles de lujo neoyorquinos.

Ubicación de La Suisse y el frontón de Jai Alai en Los Caobos

Por líos de faldas, chantajes y extorsión estuvo preso -ya tenía experiencia en esos menesteres-  La Suisse cerró. Una vez en libertad, volvió al ruedo con un local de baile, espectáculos y coristas, pero no para la alta clase por lo que decidió incursionar en otros ambientes y con diferente clientela para fundar Le Canarí, frente al Teatro Caracas. Corría el año 1936 y comenzaba el gobierno de Eleazar López Contreras.

El público de Le Canarí eran hombres de clase media que pasaban el rato bebiendo whisky y champaña, viendo los shows burlescos de rumberas y artistas internacionales o bailando al ritmo de dos orquestas hasta la madrugada en compañía de mujeres jóvenes y complacientes venidas de todos los países suramericanos.

El resto quedaba para la intimidad de la alcoba alquilada apresuradamente en los hoteles y pensiones cercanas.

Corrupción de vieja data

En el gobierno de Juan Vicente Gómez y por petición expresa del dictador, el hábil Deloffre se encargó por un tiempo del Pabellón del Hipódromo de El Paraíso donde frecuentemente se organizaban fiestas ya que había sido escogido como el centro de las grandes recepciones oficiales.

Comedor del Pabellón del Hipodromo de El Paraiso.

En este amplio salón tocaban las “Estrellas Melódicas” de Napoleón Baltodano o “Ralph and his Orchestra” y se presentaban artistas internacionales que estaban de moda.

Víctor Hugo Escala y Rosita Elmore de Escala con amigos en el Pabellón del Hipódromo el 12 de julio de 1924

Deloffre también administró los hoteles propiedad de la familia Gómez como el Jardín en Maracay y el Miramar en Macuto ya que las cuentas eran un desastre y lo llamaron para que pusiera orden.

Ante tal desbarajuste en las finanzas, el mismo Pierre René Deloffre le contó a Oscar Yanes: “Brigadas de cocineros, mesoneros y mucamas vinieron de Francia para esos hoteles, pero el relajo era total, las pérdidas mensuales eran cuantiosas, a los invitados oficiales no se les pasaba factura, pero las cuentas que llegaban a los organismos del Estado eran astronómicas; me dijeron -continúa Deloffre- que en una oportunidad al representante del Papa le cargaron en su haber, en dos días de hotel, ¡catorce botellas de champaña!”.

General Juan Vicente Gómez en el Hipódromo de El Paraíso en 1924

Dos en uno: Longchamp y Trocadero

Para acrecentar su ya bien ganada fortuna, volvió a alquilar el mismo local donde funcionó La Suisse, de Cochera a Puente, propiedad de la familia Pimentel, muy cercana al gobierno de Juan Vicente Gómez.

“Mi proyecto era completamente original -refiere Deloffre en la entrevista a Oscar Yanes– combinar en un solo establecimiento dos negocios distintos; uno para la alta sociedad exclusivamente y el otro para todo el que pudiera pagar”.

El local lo dividió con una gruesa cortina de terciopelo.

Cada uno de los salones tenía entrada independiente. Un gran salón se llamó Trocadero y el otro Longchamp donde ofrecía exquisita comida francesa. Los caraqueños descubrieron una sopa campesina del sur de Francia hecha con cebollas y queso, la conocida soupe á l´oignon gratinée.

Deloffre explicó en qué consistían las dos áreas:  “El Longchamp lo amueblé lujosamente, sólo tenía acceso allí la gente importante; el Trocadero era un cabaret con muchachas bien presentadas que se sentaban en las mesas a consumir con los clientes, eso que después se ha dado en llamar ficheras”.

Los parranderos citadinos eran atraídos por las bellas chicas del Trocadero y eso picaba la sempiterna curiosidad femenina. A la salida de las fiestas en las madrugadas, después de haber tomado champaña toda la noche quizá en algún coctel o en alguna aburrida recepción diplomática, las señoras de la alta sociedad les pedían a sus esposos que las llevaran al Longchamp para probar la sopa de cebolla gratinada que estaba causando sensación.

Restaurant Longchamp – Caracas 1940

En realidad lo que querían era curiosear quiénes de sus amigos o familiares estaban del otro lado y para ello con una sonrisa socarrona y pícara le pedían a Deloffre que descorriera “un poquito” el pesado terciopelo. Al día siguiente los teléfonos de baquelita cumplían su función de transmitir el chisme. Afortunadamente, no existían móviles para un live y mucho menos hacer fotos indiscretas.

La orquesta animaba los dos ambientes y era dirigida por el maestro Jesús Pallás, esposo de la actriz de carácter René de Pallás. Cuando se trataba de artistas de fama internacional se abrían los salones.

Allí se presentaron María Antonieta Pons, Toña la Negra, José Luis Moneró, Miguelito Valdés “Mr. Babalú” o Agustín Lara, quien nunca le quiso cobrar a Deloffre por tocar el piano y cantar sus grandes éxitos ya que eran muy amigos y ambos lloraban en la alta madrugada sus despechos amorosos entre caviar y champaña. El primero por María Félix y el segundo por el amor que tuviese de turno.

Una audaz revista al mejor estilo Folies Bergère y cuadros vivos de chicas al desnudo le hizo arquear las cejas a más de uno del conservador público caraqueño.

Cuadro de bailarinas al desnudo en el Trocadero

La fama del Trocadero crecía como la espuma de sus interminables botellas de auténtica champaña francesa que siempre ofrecía Deloffre a sus amigos…. y por ello tenía muchos.

La competencia

Existían otros lugares en la ciudad para dar rienda suelta a la alegría y el entretenimiento. En el edificio Alcázar en la esquina de La Torre estaba el hotel Madrid en cuya terraza funcionaba el Roof Garden, propiedad de los hermanos Sabal, donde debutó la orquesta de Billo Frómeta con el nombre de Billo’s Happy Boys el 31 de diciembre de 1937.

Fin de Año 1942 en el Roof Garden

José Gabriel Escala Méndez señala que el Roof Garden “fue uno de los sitios predilectos de los caraqueños para disfrutar de la diversión nocturna, del baile y de los espectáculos que allí se presentaban donde se organizaban entretenidos té danzante y los vermut de los domingos por la tarde”.

En el edificio Washington, vecino al Roof Garden, el caraqueño aprendió a tomar cerveza en Donzella, la mejor cervecería que tuvo la ciudad y sitio de reunión obligado donde los chismes de la sociedad e intrigas políticas estaban a la orden del día. Este ícono tuvo como antecedente a la Cervecería Strich porque a la muerte de Gustavo Strich, el catire Pepe Donzella compró el negocio y le puso su nombre.

En el mismo centro capitalino, de Gradillas a Sociedad también estaban el bar La India y entre Bolsa a Padre Sierra el dancing Montmartre.

Después de haber actuado durante cuatro años en el Roof Garden, la orquesta de Billo´s Caracas Boys fue contratada para inaugurar el muy famoso Sans Souci.

El periodista Aquilino José Mata nos recuerda este momento: “Fueron llamados para inaugurar el Sans Souci, un exclusivo club de baile y restaurante creado por los empresarios Luis Plácido Pisarello (el mismo que trajo a Carlos Gardel a Venezuela en 1935) y Roberto Levy. Estaba ubicado entre las esquinas de Cují y Salvador de León, donde otrora se encontraba la casa en la que el Libertador Simón Bolívar aprendió sus primeras letras. El debut en su nueva sede artística fue el sábado 10 de junio de 1944, teniendo como cantantes a Rafa Galindo en los boleros y Víctor Pérez como guarachero”.

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Recordando el Sans Souci

Muchos años después se editó un disco llamado “Recordando el Sans Souci”. Escuchemos a Rafa Galindo en su interpretación en ese disco long play ¿Quién fue que mató a Consuelo?

En los salones del hotel Majestic se estrenó la orquesta de Luis Alfonzo Larrain en la fiesta para despedir el año 1939. También en ese legendario hotel hizo su debut la gran Celia Cruz cuando llegó a Venezuela en 1941 como integrante del grupo de baile Las Mulatas de Fuego. Faltaba mucho para coronarse como la Reina de la Salsa.

La Taberna del Majestic fue el primer piano bar de Caracas donde comenzó su meteórica carrera como músico, compositor y arreglista el maestro Aldemaro Romero.

Por cierto, Aquiles Nazoa era botones y ascensorista del hotel Majestic. Así son las cosas, diría “Chivo Negro”.

El Rainbow Room, propiedad de Vicente Amengual, fue un lujoso night club, ubicado en el solar que hoy ocupa la Escuela Experimental Venezuela. La orquesta de Luis Alfonzo Larrain actuó por largas temporadas en ese local.

Raibow Room, dancing en Los Caobos

El teatro Olimpia se convirtió en la sala de baile más grande de la ciudad. Lo amenizaba la orquesta Swing Stars. Por entrar se pagaban Bs. 5 los caballeros y las damas a Bs. 2. Este espacio -según la leyenda urbana- era propiedad de Vito Modesto Franklin, excéntrico personaje de la Caracas de los años 30 conocido con el falso título de Duque de Rocanegras, inventado por él para alardear de un supuesto linaje que nunca tuvo. Esa misma leyenda lo vinculó, íntima y afectivamente, a un familiar masculino de Juan Vicente Gómez.

Presidentes y artistas de fama en el Pasapoga

Un night club que marcó época fue el Pasapoga, inaugurado en 1955 por José “Pepe” Arriaga Guerriquechevarría. Esta nueva sala show estaba en la planta baja del edificio Karam de la avenida Urdaneta.

Inauguración del night club Pasapoga en la Av. Urdaneta

La importancia del Pasapoga se debió a que era un local nocturno donde se podían ver espectáculos de fama mundial con artistas internacionales de gran renombre en un ambiente de absoluta seguridad y respeto. Podían ir parejas de matrimonios o de novios y sus familiares. “Gente de cuna, gente decente…” como se solía decir en aquella época.

La sala de dos pisos estaba decorada con lujosos cortinajes, diseñada y acondicionada para la presentación de grandes producciones artísticas con cuerpo de baile, coristas, rumberas, dos orquestas y con un escenario que se apreciaba desde todas las mesas incluyendo su gran barra, donde un “palo” de whisky costaba Bs. 5 en el año 1957 y se podía disfrutar del espectáculo.

Olga Guillot, Toña La Negra, Josephine Baker, Bobby Capó, Virginia López, Leo Marini, Myrtha Silva, El Indio Araucano, Carmen Delia Dipini, Benny Moré, Panchito Riset, Bola de Nieve, Los Churumbeles de España, Los Panchos, las orquestas de Ñico Saquito, Dámaso Pérez Prado y la Lecuona Cuban Boys fueron algunos de los artistas y espectáculos que hicieron largas temporadas en el Pasapoga para el deleite de la Caracas noctámbula de la década de los 50.Indudablemente la rumbosa sala show Pasapoga fue el gran sitio de moda de la élite capitalina.

Todos los visitantes extranjeros que venían a Caracas los llevaban allí luego de haber cenado en algunos de los restaurantes franceses de la ciudad, culinaria que marcaba la pauta del momento.

Un habitué del Pasapoga fue Juan Domingo Perón, quien asistía con su secretaria y posterior esposa María Estela “Isabelita” Martínez, ex bailarina de cabaret en Panamá quien también formó parte del cuerpo de baile de este lugar, ahora acudía de gran señora y departía con sus antiguas compañeras de trabajo. Posteriormente llegó a ser la presidenta de Argentina.

El dueño del Pasapoga, Pepe Arriaga a quien también le decían Joseba, llegó a La Guaira en 1939 en el paquebote Cuba, integrante del primer grupo de exiliados de la Guerra Civil Española junto a sus padres Mateo y Juana, y su hermano Antonio.

Los hermanos Arriaga, quienes también hablaban francés, trabajaron como mesoneros en el hotel Majestic y luego abrieron el bar El Pelotari en la esquina de La Pelota. Después de un tiempo haciendo caja pudieron inaugurar los restaurantes El Politena en la avenida Urdaneta y Maitena, éste en la avenida Páez de El Paraíso.

A raíz de la muerte de Antonio Arriaga, Maitena fue adquirida por los empresarios Silvano Pascullo y Pedro Hernández y se convirtió en el bar El Torreón.

Pepe Arriaga también era dueño del bar El Chicote en Los Caobos, cercano a la Plaza Venezuela, nombre tomado del famoso museo de bebidas de Don Pedro Chicote en la Gran Vía de Madrid.

La fiesta pica y se extiende

Fueron muchos los centros de diversión nocturna en las décadas de los 50 y 60 que rivalizaban entre sí ofreciendo licores a mejores precios, artistas con show y orquestas que reportaban grandes ganancias económicas, algunos combinados con servicio de restaurante.

El Patio Andaluz en la avenida Francisco de Miranda y luego en la Gran Avenida de Sabana Grande, un local de sello español con cante y baile flamenco -su nombre lo delata- donde actuaba el bailarín y cantaor Pedrito Rico que el público conocía a través del Show de las 12, de Víctor Saume.

Una de las socias de El Patio Andaluz fue la cantante chilena Graciela Luna conocida como Ella, la inolvidable quien luego abrió un local en los bajos del edificio Los Andes de Sabana Grande llamado El rincón de Ella.

El Ánfora de Oro, en la calle Alma Mater de Los Chaguaramos con una decoración de pesadas cortinas de terciopelo rojo tuvo su época de esplendor y resistió durante muchos años. En su decadencia artística actuaba Daniel Santos para repetir una vez más -en medio de borracheras- que no había visto a Linda.

El Paraíso también tuvo lo suyo

En el cabaret Plaza al final de la avenida La Paz en El Paraíso se presentaba Tongolele, la contorneadora bailarina del mechón blanco y ojos azulísimos que al ritmo de los tambores batá mostraba la agilidad de sus caderas; o la Reina del Bolero, Olga Guillot que en todas sus actuaciones llenaba la sala con sus éxitos Tu me acostumbraste y Campanitas de cristal, así como muchos otros renombrados artistas internacionales.

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Escuchemos a la Reina del Bolero, la gran Olga Guillot interpretando “Campanitas de cristal”:

En el mismo sector de La Paz estaba Skippy. En su puerta un aviso de neón intermitente con sugestivas figuras femeninas y copas de champaña invitaba a entrar. Este local tenía la particularidad de contar además de la pista de baile tradicional, una de patinaje sobre hielo.

También en la urbanización El Paraíso, en los bajos del puente 9 de Diciembre, vía que la une con la avenida San Martín, existió un galpón llamado El Monumental que se presentaba como un supuesto club privado, donde convergían todas las clases sociales y combinaciones de parejas, especialmente en las temporadas de carnaval cuando acudían caballeros disfrazados de “negritas”. El relajo era total y en varias ocasiones la presencia policial fue necesaria.

El Monumental tenía un sector para la clientela gay -expresión desconocida para la época- donde jóvenes y no tan jóvenes de la alta sociedad se unían con sus homólogos de las barriadas populares. Generalmente el “casual” encuentro terminaba en algún apartamento del este capitalino, que la prensa sensacionalista tildaba como “ballets rosados”.

Bares entrañables para sus parroquianos funcionaron en esta urbanización, ahora decadente y agobiada por la delincuencia, como el Monterrosa, Apolo, El Pinar, Shangri-La, así como la agradable y enorme barra del restaurante español Goya y los ya mencionados Maitena y posteriormente El Torreón.

Chacaíto y Chacao, zonas de alterne

A lo largo de toda la avenida Casanova siempre existieron las llamadas “caminadoras” lo que prácticamente se convirtió en una zona de tolerancia hasta llegar a Chacaíto donde pululaban locales como La Gruta de Dionisio cercano al bar Le Mazot, centro neurálgico del jazz promovido por Aldemaro Romero y Jacques Braunstein, fundador del Caracas Jazz Club. En Le Mazot los clientes tenían marcadas sus botellas de whisky que resguardaba el simpático barman.

En el mismo sector estaban Le Garage, Club Ninoska, Don Louis este último, lugar de encuentro de publicistas, políticos, empresarios, periodistas, artistas y todo el que se preciara de ser bohemio.

Al comienzo de la avenida Los Jabillos en Sabana Grande y frente a Savoy todas las noches en el cabaret La Pompadour se presentaba una desconocida corista que bailaba para animar al público masculino, pero posteriormente cambiaría su diminuto atuendo por un liquiliqui y sombrero pelo e´ guama con fuete en la mano para convertirse en la cantante Adilia Castillo “La Novia del Llano”.

El bar Tic Tac en la avenida Bolivia de Los Caobos era regentado por Susana van der Brande Ducatteew, que se hacía llamar Susy Castell, de nacionalidad belga, personaje de grandes dimensiones corpóreas. Al lado estaba el restaurante El gato pescador un comedero de platos húngaros servidos generosamente y baratos donde convergían personajes de la bohemia.

También se recuerdan otros lugares por sus interminables noches como el Club Maxim´s en la avenida Francisco de Miranda al lado del desaparecido cine La Castellana y Capri en la Plaza Altamira. Otros centros de alterne para bolsillos cargados como el Club Diplomático en el Centro Comercial Cedíaz. Morrison en los límites de Chacao. El Palacio Imperial queda en suspenso para la segunda entrega de esta crónica.

Una anécdota de famosos

El restaurante y night club Montmartre en Baruta, con una pista de baile al aire libre y la silueta nocturna de París alrededor lo hacía el favorito de las parejas románticas. Lo deprimente era verlo de día cuando resaltaban los cartones mal pintados que simulaban el skyline parisino.

Eleazar López C. cuenta una jocosa anécdota, propia del humor venezolano que sucedió a las puertas del Montmartre:

“En 1955 se presentaron en el Coney Island de Los Palos Grandes los cuatro ídolos del momento: Alfonso “Chico” Carrasquel; Susana Djuim quien acababa de ser coronada como Miss Mundo; el gran torero César Girón y el tenor favorito de Venezuela, Alfredo Sadel”.

Cuatro glorias mundiales de Venezuela en el Coney Island 1955
“En la noche, los últimos tres fueron a celebrar al cabaret Montmartre de Baruta, acompañados de Aldemaro Romero. Como César Girón estacionara el auto en una zona restringida, el fiscal de Tránsito le reclamó, a lo que el torero le señaló que el grupo estaba conformado por Susana Djuim, la mujer más bella del mundo; Aldemaro Romero y Alfredo Sadel, el músico y el cantante más famosos de Venezuela, y él mismo, que era “el torero más arrecho de todos”.

“Después de una breve discusión, como César Girón insistió en dejar el auto mal estacionado, al regresar se encontró con la novedad de que en el parabrisas había una boleta de multa, firmada por José del Rosario Quintero, el fiscal más arrecho de Caracas”.

Indudablemente este era otro país, o mejor dicho el mismo, pero con ciudadanos que lamentablemente cambiaron sus actitudes y formas de pensar.

París en Caracas

Hubo una época en la cual todo lo que tuviera sello francés era considerado fino y de gran estilo, primordialmente en la gastronomía. El caraqueño para querer pasar como persona elegante pronunciaba breves frases que intentaban aproximarse al idioma galo, casi siempre sin lograrlo.

En el mundo del entretenimiento también se imponía lo que recordara a Francia, como el cabaret El Todo París, que en realidad de fino no tenía nada. Este local, casi escondido en el primer rincón del desaparecido Centro Comercial Gran Avenida -actualmente es una de las entradas del metro Plaza Venezuela- ostentaba una pequeña marquesina al estilo de los cines que anunciaba a la escultural Diosa de Ébano quien compartía tablas con Mitzouko, cuyo verdadero nombre era Luis Machado, el primer travesti público de la nocturnidad caraqueña, bajo las tiránicas órdenes del coreógrafo argentino de afrancesado nombre Eugene D´Arcy. Ejemplares clásicos de la vida non sancta.

El Todo París resumía lo que pudiera pensarse que era, un lugar de shows de dudosa calidad con coristas y travestis, donde el alterne y las fichas eran las ganancias de las chicas y el excesivo consumo de champaña y whisky, con algunas sustancias prohibidas, la de los dueños.

Los propietarios de El Todo París eran Françoise Ponzio y su esposa Henriette Soep Bamberger, de larga cabellera platinada, quien también se hacía llamar Jenie Ponzio, pero mejor conocida por su nombre de batalla como La Madame, pareja de proxenetas y escándalos frecuentes.

La Madame tuvo una vida llena de vicisitudes de todo tenor que iban del gran auge económico como empresaria de los más importantes y concurridísimos prostíbulos a la pobreza extrema. Luego se volvía a levantar con nuevas casas de cita y centros nocturnos de diferentes categorías, acompañada de violencia física por las frecuentes golpizas que le propinaba su marido.

Fue dueña del Pom Pom Club en el Centro Comercial Cedíaz en la avenida Casanova; el Bar Coco Rico y el Club Versailles. Luego Le Point, decoración con apariencia de lujo por los muchos brillos de diminutos espejos en la entrada con puente de utilería, luces verdes y follaje artificial incluido. Estaba en la avenida Francisco Solano López.

Como lo francés predominaba en el ambiente de los cabarets de La Madame, abrió el París Folier en uno de los locales del semi sótano del edificio del teatro Altamira. Era una sala de baile de grandes proporciones que no le dio ganancias. Luego traspasó a Antoine, otro nombre en la nocturnidad caraqueña, quien el 23 de diciembre de 1982 abrió sus puertas con el nombre de Ice Palace. Fue la discoteca gay más grande de Caracas, en remedo a la famosa disco de Nueva York.

Pretender escribir una historia de lo que fue la intensa vida nocturna de Caracas es tarea casi imposible de abarcar en una crónica de limitado espacio. Para ello se necesitaría un voluminoso libro y así poder reseñar tantos sitios.

El género “discotecas” no está incluido ya que por lo extenso del tema será reseñado en capítulo aparte. Únicamente me refiero a night clubs, cabarets, boites, salas show y bares.

En la segunda entrega también reseñaré otros lugares de la vida nocturna caraqueña en la misma tónica de esta primera crónica. Solo mencionaré sitios que se destacaron por alguna circunstancia particular, tipo de espectáculos, ubicación o que se le recuerde por anécdotas de relevancia, además de aguantar la prueba del tiempo, pues generalmente, estos negocios no suelen ser muy longevos.

Bibliografía

Oscar Yanes. Cosas de Caracas. Confesiones del hombre que vivió de su silencio. Memorias de Pierre René Deloffre tal como se las contó a Oscar Yanes. Editorial Planeta Venezolana, S.A. Caracas 2003

Nicomedes Febres. Crónicas de las mujeres que inquietan a los hombres. Editorial CEC S.A. Caracas 2012

Eleazar López C. Crónicas de Caracas

Aquilino José Mata. La Billo´s Caracas Boys celebra una historia de 80 años. El Estímulo, 29 de julio de 2020

Vicente Quintero. Henriette Soep Bamberger: La Madame de la Caracas nocturna.

Fotografías: Nicomedes Febres, Caracas en Retrospectiva II, Colección privada de Alberto Veloz.

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