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 “Muévanse, muévanse, aquí entran más”

 

Huele a gente recién bañada, a jabón, a perfumes, a sudor, a mucho sudor, en la  ruta de la Línea Palmira. No se sabe cómo pueden entrar más y más personas

—Muévanse, muévanse, aquí entran más —. Grita fuerte el conductor y repite la frase varias veces —. Hagan filas de dos, para que entre más gente. Hay mucha gente en las paradas.

—Y para dónde quiere que nos corramos— responde en voz fuerte una mujer. A sus palabras los vecinos todos como ellas de pie, y casi sin poder moverse, le hacen gestos de aprobación y a su valentía de responder a la autoridad en ese momento.

—Que se corran— en tono de ultimato el conductor insiste. Y la gente, sin saberse como, se corre y efectivamente entran más personas.

La unidad de la Línea Palmira, una ruta de transporte público que hace el trayecto del municipio Guásimos, atravesando Táriba, parte de San Cristobal hasta llegar al terminal de pasajeros de La Concordia, va repleta. Pareciera que no le cabe una persona más, pero sí entran y entran más personas.

Quienes  en las paradas, con decenas de personas en esperan, en medio de empujones suben a la buseta de la Línea Palmira, casi agradecen que los recojan y así poder  trasladarse a sus destinos, o por lo menos, lo más cerca posible…si queda trayecto se camina.

Allí van adultos, jóvenes, mujeres, niños, abogados, empleados públicos, desempleados, personas enfermas a hospitales, universitarios, liceístas, buhoneros… Allí van todos de pie, sosteniéndose, abriéndose un poco más de espacio entre  empujones, bolsas, morrales, carteras.

—Usted no es la única que va incomoda— se escucha en la voz de un anciano, quien va de espalda a una joven. Ambos de pie. Ambos acosados.

—No joda…arrímese— insiste el anciano.

—Coma toche…—. Replica la joven que va de espalda al anciano.

Al hombre no le importa que ella sea una mujer, una dama. A la joven no le importa que él sea un anciano. Cada uno defiende el espacio en la buseta que han ocupado con mucho esfuerzo entre codazos.

Allí van adultos, jóvenes, mujeres, niños, abogados, empleados públicos, desempleados, personas enfermas a hospitales, universitarios, liceístas, buhoneros…

Algunos ríen, otros mueven la cabeza en tono de desaprobación, y los murmullos continúan en el autobús, que pareciera no entrarle una humanidad más, pero sigue el ritual de estacionarse en las paradas mientras entre empujones se bajan unos y entre empujones se suben otros.

—Muévanse, muévanse, aquí caben más — grita en cada parada el chofer, mientras entre apuros recibe el pasaje, no sin tener algunas pequeñas peleas verbales porque varias personas le quieren pagar con billetes en desuso según su sabiduría.

Así todo el trayecto. A medida que entra más gente a la unidad de pasajeros, los olores se confunden. Hay aromas de recién bañados, perfumes, desodorantes y también a sudor, mucho sudor.

—Muévanse, muévanse. Pónganse en filas de dos — grita automáticamente el conductor de la Línea Pálmira.

Este es el día a día de cientos de personas que en el Táchira usan el poco transporte público, aun en funcionamiento, y que según las cifras manejadas por el Sindicato del Transporte Público opera el 10 por ciento.

Y cuánta razón tiene el conductor: donde entran 20, entran 30 y hasta 40 pasajeros.

La Nación del Táchira / Omaira Labrador M.

 

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