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Juan Arias: La marcha de la locura

 

La anunciada manifestación para el próximo domingo, de los seguidores del presidente Jair Bolsonaro contra quienes han convertido a Brasil en un país “ingobernable”, podría tener consecuencias difíciles de calcular. Crece el miedo sobre el resultado de esa marcha en Brasilia para defender a Bolsonaro, que se siente acorralado por aquellos que pretenden impedirle llevar a cabo la misión que Dios le encomendó de devolver al país corrompido su pureza perdida. Miedo que ha empezado a preocupar incluso a políticos de su partido y a muchos de los que votaron por él y hoy se sienten asustados e intentan disuadirle de esa manifestación denominada “marcha de la locura”.

No creo que existan precedentes en la historia de las democracias mundiales de un Gobierno, que cinco meses después de haber sido elegido y que debería estar viviendo su luna de miel, decide movilizar al país en su defensa al sentirse sitiado por quienes, según él, intentan impedirle gobernar.

Las manifestaciones, normalmente, las organizan las oposiciones a los Gobiernos para exigirles que cumplan las promesas de sus campañas electorales. Curiosamente, en Brasil, hasta ahora, la oposición parece más bien muda y desunida contra un Ejecutivo que se presenta incapaz de haber entendido lo que la sociedad pide de él.

No es extraño que a la manifestación que se está organizando en las redes sociales por las huestes más aguerridas y violentas de Bolsonaro se le esté bautizando también como “la marcha del miedo”. Parece que de repente se han desatado los demonios y se habla sin pudor de “incendiar Brasilia”, de “cerrar el Congreso y el Supremo Tribunal Federal”, la gran meretriz de la política. El general de reserva Luiz Eduardo Rocha Paiva ha declarado que si no se dejara gobernar a Bolsonaro “estaríamos dispuestos a tomar las armas para defender la libertad y la justicia”, incitando a una guerra civil. Curiosamente el general desentona con la actitud de moderación que hasta ahora han demostrado el resto de sus colegas militares.

Lo de incendiar los otros poderes que comparten la guía y gobernabilidad del país con el Ejecutivo nos lleva a recordar que, ya entre los romanos, emperadores como Nerón usaron la artimaña de provocar incendios de verdad, como el que destruyó media Roma, para cargar su responsabilidad sobre sus presuntos enemigos.

En el caso de Nerón, el emperador aprovechó el incendio de Roma para acusar a los cristianos, considerados los enemigos del Imperio. Los resultados los conocemos: aquellos cristianos, entre los que se encontraban los apóstoles, Pedro y Pablo, fueron arrastrados al martirio, quemados en la hoguera, crucificados o arrojados a los perros para que los devoraran vivos.

Es difícil encontrar en Brasil precedentes de una alucinación semejante como la que está viviendo este Gobierno, que ve por todas partes enemigos e intrigas para derribarle antes, aun, de haber iniciado su camino. Es difícil encontrar en el pasado un clima político basado en la negatividad, en la rabia y en el odio, como si de repente Brasil y los brasileños se hubiesen convertido en monstruos irreconocibles y enemigos de su propio país.

Es difícil también encontrar un grupo político tan enamorado de la fuerza de las armas en guerra contra enemigos imaginarios. Su bandera se sustenta en la desconfianza y en la caza de quienes no se arrodillan ante sus nuevos preceptos mortificadores de libertades, que pretenden enmudecer a quienes intentan ver el mundo y la vida con otros ojos que no son los suyos.

La manifestación prevista para el domingo próximo no será una más. Dejará huellas profundas, triunfe o fracase. Brasil quedará peligrosamente dividido. En caso de que el Gobierno de Bolsonaro consiga llenar las calles del país gritando contra los pilares que hoy sostienen la democracia, no es fácil prever una escalada de conflictos. Sería un pasaporte para que un Gobierno autoritario imponga sus leyes con mano de hierro.

¿Y si fracasara? ¿Y si no fuesen capaces de movilizar más gente de lo que lo hicieron los jóvenes estudiantes, o si no consiguiera ser pacífica? En ese caso, el mito Bolsonaro debería tener la grandeza de admitir su fracaso, de dimitir y pasar el relevo a alguien que sea capaz de reunificar un país cada día más peligrosamente escéptico de la política y de la democracia.

Existe el peligro real de que esa guerra ideológica y esa desconfianza en las reglas democráticas acabe arrastrando también a Brasil a una crisis económica que quebraría la ya martirizada caravana de millones de pobres y desempleados, que acaban siendo siempre el blanco de las locuras de quienes deberían protegerles.

 

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