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Carlos Raúl Hernández: Alien; El octavo pasajero

El gobierno respondió con un hachazo brutal, un golpe helado, para arrojarnos otro sótano abajo hacia el noveno círculo. Como siempre, cuando la sociedad reacciona de buena fe en las calles contra la opresión, le hunde la daga hasta la empuñadura (la fiscal Ortega Díaz de nuevo da un toque). Ahora es un esperpento que denominan constituyente comunal, una anomalía del entendimiento, cuyo mero nombre encierra su falta de sentido y anuncia miseria como no vivió Venezuela desde el siglo XIX. La noción de constituyente es por sí misma aberrante: es que una sociedad entrega a un grupo de fulanos (100, 200, o los que sean) todos los poderes políticos y sociales existentes, por encima de cualquier ley, y los califica para hacer lo que les dé la gana (crear delitos contrarrevolucionarios, fijar el número de hijos por familia, declarar nulos los matrimonios o establecer que los mandatarios son vitalicios).

Mucho más un monstruo de la razón, la constituyente comunal que suena a régimen de espionaje vecinal-policial, a pesadilla goyesca. Arrastraría problemas insolubles para el país y para el propio gobierno. Pretende crear un espejismo electoral para confundir la opinión pública extranjera que no conoce los detalles, pero les salió el tiro por la culata. La prensa mundial y el gobierno norteamericano la desechan con términos como “golpe de Estado”. El bateador leyó claramente el lanzamiento y no funcionó la curva. Pero hay algo peor. El camino para llegar a esa chivera constituyente está sembrado de torsiones, retruécanos y perros muertos. Hay que “interpretar” y malograr demasiados artículos de la Constitución y guardar sus descomunales cadáveres en los clósets a un alto costo. Como perderían cualquier elección en la que participen, el TSJ y el CNE tendrán la tarea de hacer un proceso electoral sin electores.

En la intimidad

Una alias constituyente que a priori 80% de los ciudadanos rechaza, y con cuyo resultado estará en desacuerdo. Naturalmente tendrán que birlar ante el mundo el referéndum consultivo y el referéndum aprobatorio, no cualquier detalle. Tampoco podremos votar por los delegados, porque es prácticamente una convención del PSUV. Instancia corporativa, acto de amigos, no es del pueblo y solo podrán registrarse organizaciones al servicio del gobierno, porque a los demás no les permitirán hacerlo. Una asamblea de quinientos con esas características es un enorme potencial caótico, un condominio con poderes sobre la vida y la hacienda de todo el mundo. De esa manera resuelven la fatalidad a la que están condenados: las elecciones presidenciales pautadas para 2018, que evidentemente no piensan hacer y de cuya suerte quieren salirse con esta jugarreta.

El socialismo es contra la naturaleza humana, una aberración que convierte el país más próspero del continente durante 40 años en el próximo Haití, fin de lo que ellos llaman orden burgués. Así el moralmente quebrado régimen comunal, a dedo tendrá facultades constituyentes. Ese condominio podrá establecer que todas las viviendas son colectivas, expropiar abastos, eliminar la propiedad privada, o decidir un nuevo Padre de la Patria, como se autonombró Omar Torrijos en Panamá. Eliminar la autonomía de las ramas del poder, y ponerlas bajo el mando único de la revolución, cambiar por revolucionarios designados los miembros de la Asamblea Nacional (o disolverla), gobernadores, alcaldes, y concejales regionales y municipales. Decretar que los consejos comunales supervisen la vida de los vecinos con monopolio para la distribución de alimentos como en Cuba los CDR.

Maldición constituyente

El Estado democrático es la más alta tecnología creada por el hombre para conducir la sociedad, mientras el comunismo es un esquema primitivo de concentración y distribución arbitraria de la violencia, por lo que nos esperan Uganda, Somalia, Liberia, Norcorea. A Latinoamérica llegó la constituyente luego de la Independencia para organizar las nuevas repúblicas y a los caudillos les fascinó. Cada dictador hizo su Constitución a la medida. Rómulo Betancourt logró domesticarla en 1946 y sortear la tentación autoritaria del partido. Ante su peligrosidad y capacidad destructiva la desterró al regreso de la democracia en 1958 y las funciones constituyentes pasan al Congreso. Entendió que la ley de leyes es el freno que se pone a los gobernantes y les obstaculiza violar el espacio de los derechos individuales, la jaula que encierra el tigre del poder, mientras la constituyente le abre la reja.

Cualquier constituyente es un grave peligro para la vida civilizada, mucho más una con semejante apellido arrimado. Betancourt la desaparece del proceso de elaboración y de la Carta misma de 1961 porque amenaza la democracia por vía democrática. Después los bolivarianos y sus grupies, descubrieron que era un recurso mágico para barrer de una vez toda la escoria kapitalista, puntofijista luego del fracaso de la lucha armada. El ánimo de los sectores dirigentes era festivo y constituyentista en 1999 y luego vino el comandante y empezó a hablar en serio. La utilizó para destruir los partidos, el stablismenth político, asediar la propiedad, la libertad y dejarnos uno de los documentos políticos peor escritos de la historia, una mancha de imprecisiones, vaguedades, cursilería y subdesarrollo que da piquiña leer.

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