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Fernando Mires: El socialismo salvaje

 

Si tuviera que preparar un seminario acerca de la historia del socialismo europeo, haría el siguiente esquema:
1) Socialismo democrático, desde la fundación de las socialdemocracias europeas hasta llegar a la sociedad post-industrial.
2) Socialismo comunista o soviético, desde la fundación del partido bolchevique hasta la caída del Muro de Berlín
3) Socialismo salvaje emergido en la sociedad post-industrial desde las ruinas de los dos socialismos anteriores.

Sobre la historia de los dos primeros se ha escrito mucho. Destaquemos que ambos, a pesar de una larga rivalidad, tienen su origen en la teoría marxista, convertida por los socialdemócratas en teoría del desarrollo económico y por los comunistas en ideología de estado. Para los primeros se trataba de transformar al capitalismo hasta que dejara de parecerse a sí mismo. Para los segundos de acceder al poder para construir el comunismo por medio de la fuerza bruta.

Ambos socialismos echaron raíces en las clases trabajadoras. Durante un largo tiempo llegaron a representar la alianza entre “la clase obrera” y los intelectuales. Por esa misma razón, ambos se vinieron abajo con el fin de la sociedad industrial a la cual pertenecían. Los comunistas con el industrialismo estatista, los socialdemócratas con el industrialismo liberal.

La sociedad post-industrial no es predominantemente una sociedad de clases sino de fracciones o segmentos imposibles de ser unidos por intereses sociales comunes. Esos empleados de empresas fantasmas, esos trabajadores sin tradición ni historia, esos micro-empresarios de las redes digitales, carecen de representaciones orgánicas (como fueron los grandes sindicatos de la era industrial). Por lo mismo, su comportamiento político es errático y circunstancial. Pueden seguir con la misma pasión a partidos xenófobos o a líderes demagógicos de izquierda.

A diferencia de comunistas y socialdemócratas, los socialistas post-industriales carecen de una línea definida. Esa es la diferencia con los comunistas del pasado quienes no eran demócratas pero al menos eran previsibles. Los socialdemócratas, a su vez, eran democráticos y previsibles. Los socialistas de la tercera ola son, en cambio, antidemocráticos e imprevisibles. Por eso los llamamos “salvajes”.

Los socialistas salvajes actúan de acuerdo a sus instintos de poder. Los grandes “cambios” que ofrecen, varían según el público. Frente a estudiantes aparecen como contestarios irreverentes. En el parlamento como reformistas. Ante las viudas de la izquierda nostálgica levantan consignas pasionarias. Frente a las feministas y gays abogan por la libertad de los sexos y de los géneros. Ni siquiera –es el caso de Francia Insumisa- temen converger con los nacionalismos de ultraderecha con los cuales comparten un repertorio común: anti-europeismo y una pleitesía a toda prueba a las autocracias homofóbicas como la de Putin en Rusia. En otros casos –Podemos de España, por ejemplo– cuando se trata de aumentar sus votaciones, no vacilan en crear vínculos con los partidos escisionistas.

Menos que intereses sociales, los socialistas salvajes atizan resentimientos. Sus enemigos no son clases económicas, sino el establishment, es decir, todo lo que está supuestamente “arriba”; cualquier cosa; lo que sea. Algunos de sus líderes, como Iglesias, son eximios actores. No tienen grandes ideas pero sí ingeniosas ocurrencias destinadas a calentar a las masas volátiles que ocasionalmente los siguen.

Aunque del socialismo del pasado mantienen ritos nostálgicos (puños en alto, canciones revolucionarias, baratijas sesentistas) son hijos de la post-modernidad global. Pero no hay que engañarse: detrás de sus apariencias festivas ocultan su latente peligrosidad. Pues al igual que los comunistas del pasado, su relación con la democracia es instrumental. Incluso no vacilan –en nombre de un abstracto anti-capitalismo- en apoyar a siniestras dictaduras militares, como a la del venezolano (¿?) Maduro, entre otras.

Junto con las tendencias xenófobas que asolan Europa, los socialistas salvajes representan un desafío para la democracia moderna. Hay que estar atentos. En lugar de mirarlos como a entertainers de la sociedad del espectáculo, es necesario enfrentarlos como lo que son: demagógos producidos por la anomia social, caricaturas de un pasado que no volverá, “momios” de una izquierda ultrareaccionaria.

¡No pasarán!

 

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